¿Qué haces tan lejos de casa?

Siempre he tenido una querencia, rara según mi psicoanalista, por las series de tres adjetivos. La siguiente historia, una historia que no creo que haya inventado, una historia, entonces, que imagino que estoy plagiando con el beneficio del olvido, es real, conmovedora y terrible. De los tres adjetivos, la historia que vengo a contar es sobre todo terrible. Y dice así:

Unos expedicionarios se adentran en los parajes más recónditos de la selva del Amazonas. Buscan una tierra que ellos mismos, sexual y vulgarmente, denominan tierra virgen. No sólo eso, su segundo objetivo en aquel viaje que se vaticina extremo (sic) es conocer culturas llamadas, sexual y vulgarmente, culturas vírgenes. Van al encuentro de tribus que no han tenido contacto alguno con otros seres humanos. Puede parecer increíble, pero todavía quedan varios aborígenes en los lugares más inhóspitos del planeta que no conocen más que su propio hábitat.

Después de caminar sin parar durante semanas sin que el paisaje variara lo más mínimo, después de otras tantas semanas canoa arriba por el amazonas haciendo frente a todo tipo de insectos, a las pirañas (estuvieron más tiempo remolcando la canoa, que montados en ella) y a la humedad, a punto ya de desistir, escucharon un ruido extrañamente animal. Fue el peligro, y no la certeza del hallazgo, lo que les hizo desviarse ligeramente y continuar por instinto a través de nuevas rutas. A las horas se vieron sorprendidos por una cruenta batalla. Entenderían más adelante que se estaban enfrentando dos tribus, debido, probablemente,a algún tipo de malentendido. Ninguno de las dos tribus había conocido nunca al hombreblanco (otro vulgarismo).

La batalla era desigual en su violencia. Una de las tribus trabajaba el metal, conocía el cobre y sus armas eran mucho más letales. Los adversarios arrojaban piedras, se lanzaban en el cuerpo a cuerpo como fieras, gritaban, se escondían entre la infinita densidad de la selva… Sin embargo, no tardaron en ser arrasados. Todos murieron en combate o, al menos, eso creyeron los expedicionarios en un primer momento, que se mantuvieron en un alto desde el que contemplaron toda la escena con una sensación entre el pavor y el desconcierto.

En realidad, no murieron todos en la batalla. Hubo un único superviviente. Por su rostro labrado en raíces, curtido de la tierra, imaginaron que tenía más de 80 años. La historia, en este momento, deja de importar. Si eran o no vírgenes los autóctonos, cómo fue el primer contacto, qué hicieron para no ser asesinados por la tribu guerrera… son asuntos nimios en comparación con el drama del anciano superviviente.

El anciano padeció una de las muertes más horrorosas que he escuchado jamás. Tras ver cómo todo su pueblo era arrasado y, con él, toda su cultura, tuvo que vivir varios días sin poder comunicarse de ningún modo con nadie. Hablaba una lengua irreconocible para nadie, absolutamente gutural. Hablaba una lengua muerta, una lengua que había muerto antes que él. Pero no era solo una cuestión fonética o alfabética. No. La incomunicación era absoluta. No conocía ni siquiera los números. No pudo comunicarse a través de gestos, éstos carecían de una genealogía común. Nadie pudo nunca entenderse con él durante aquellos terribles días hasta su muerte. Se diría después, que murió de incomunicación, en la tristeza más absoluta. Ni siquiera entendía el contacto humano como nosotros lo entendemos, no entendía los abrazos, las caricias. No sonreía, y esto era especialmente llamativo. Si en algún momento quiso expresar alegría o agradecimiento, jamás lo hizo a través de la sonrisa. Desconocía, o desconocíamos nosotros, qué comía, cómo comía. Cansado ya para aprender algo distinto, ni siquiera imitaba las maneras de la tribu vencedora. Cansado o tal vez herido de orgullo, sabedor que su muerte supondría el fin definitivo no solo de su vida, sino también de todos sus antepasados, de sus hijos y de los descendientes que ya no podría conocer, simplemente, terminó por morir.

 


 

 

Esta historia, que escuché -ahora estoy seguro que la escuché-, me ha venido a la mente estos días. Aterricé hace poco en un país lejano y aislado. Estoy en un país del que no conozco el alfabeto. Estoy incomunicado en un país que es una isla.

Sin embargo, hay una belleza y un canal que va más allá de las palabras por el cual, sin poder explicar cómo, soy capaz de abrir una cuenta bancaria, registrar mi apartamento en el ayuntamiento, enviar una postal, afiliarme a una suerte de seguro sanitario público o pedir un bol de arroz con lo que, más o menos. Sufro de una incomunicación que es solo parcial y que tiene que ver con las palabras y los sonidos. También la disfruto. Pero, a lo mejor, llega un día en que me encuentro solo, humanamente solo, y entonces puedo llegar a vagamente imaginar el inmenso dolor del anciano. El anciano era una isla.

 

Pijoaparte

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s