El señor de la tarima

Yo, mí, me, conmigo. Y unos pocos corazones levitando alrededor. En este número que parece un monográfico del amor, yo también tengo que hablar de ello. Pero del amor propio. Nos enfrentamos a uno de los problemas del primer mundo, de risa si se piensa, y es que nos hace falta una carretilla con la que ir arrastrando nuestro ego. Aunque últimamente la tecnología lo ha hecho algo más portátil y cabe enterito en un teléfono móvil. El progreso sirviendo a la humanidad.

Cada uno es libre de invertir su tiempo a la espera de qué dirán los demás, de revisar los en perfiles de redes sociales en busca del filón definitivo que capte la atención de sus congéneres. Bueno, tiempo si se quiere ser original, si no siempre puede recurrir uno a los clásicos morros, patas de playa, gimnasios y miradas pensativas hacia el gotelé del techo. El problema surge cuando se convierte en obligación el contemplar la eminencia y magnanimidad, sin haber preguntado, así a traición.

Me explico. No hay nada comparable a llegar a clase vestido todavía con alguna legaña y encontrarte a un señor que se supone que va a darte un temario, del que luego te tendrás que examinar, y percatarte tras media hora con la primera diapositiva de que te ha ido colando medio currículum así como si nada. Os voy a contar una anécdota… Yo trabajé… Yo dirigí… Yo conseguí… Nadie como yo…

Sales tras dos horas de clase dándote cuenta de que el temario, la verdad, aún no has pillado muy bien de qué va, y sospechas que ese señor de la tarima ha jugado con tus horas de vida. Entonces decides que puedes prescindir de esa clase, total ya te ha recomendado estudiar el temario mediante SU libro, el cual conseguirás de algún lugar más o menos legal en blanco y negro. Las fotos en color son para los pudientes.

El problema surge cuando el resto de tu clase, sorprendentemente, piensa igual que tú y se decide hacer una bomba de humo colectiva, llegando el profesor y viendo que solo fila y media de alumnado sigue asistiendo a sus fabulosas clases. Y le duele en su corazoncito. Pasa entonces una vil y traicionera lista de nombres, y mira que se dijo que la asistencia no es obligatoria, para dar algún tipo de beneficio a aquel estoico estudiante que ya casi conoce cada detalle de su vida profesional, y, por qué no, de la personal. Y aquí vuelve a intervenir el progreso. La rapidez de la tecnología hace que la clase milagrosamente vuelva a multiplicar sus estudiantes y mis sospechas se confirman: es el tipo de hombre que se alimenta de mi (nuestra) juventud.

Reflexionando mientras habla, no tengo claro si debería darme pena o no. Es una persona que precisa tanta atención como para sobornar veinteañeros para llenar auditorio, y apenas quiere enterarse de si lo que cuenta es realmente interesante. Es un intercambio de necesidades: la suya de público por la mía de facilitarme el aprobado.

Creo que en el fondo me da lástima. Digo yo.

Caballo sin nombre

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