Solo los amantes sobreviven

☑ Escribir algo parecido a una puta historia de amor

No se puede escribir nuestra historia de amor, decía él. Argumentaba que no se podía o, al menos, que él no sabía hablar sobre su propia historia de amor. Ella desconfiaba, le había visto escribir sobre cualquier tema sin aparente esfuerzo pero él insistía: puedo centrarme en un momento, puedo describirte, hablar del amor, pero no puedo contar nuestra historia. Piensa en una historia de amor, insistía: nuestra historia no se escribe porque empieza bien y acaba bien, y en esa bondad no hay literatura.

Esto es cierto, o era cierta su incapacidad para contar historias de amor. Es mucho más fácil la vida que la escritura, pensaba, es mucho más fácil reconocer el latido que identificar el pulso. Sin embargo, aquella historia se alimentaba de una sintaxis común y de una luz lejana, que podía trazarse como una estela: no todo en el amor es amor.

Cuando se conocieron, se quisieron conocer. Después, no sabría aventurar (pues no hubo forma de averiguarlo) si primero se conocieron y posteriormente se quisieron o si fue al revés. En esta ficción que ahora me veo obligado a desarrollar, él la conoció y la quiso, ella le quiso y también le conoció. Les gustaba, aunque no sé si por ese momento, la imagen (¿o era solo una sensación?) de que hay historias que empiezan igual que acaban: las historias de amor. El comienzo son dos desconocidos mirándose frente a frente y preguntándose: ¿qué hacemos aquí mirándonos frente a frente? ¿Quién eres? El final, porque siempre hay un final, llega cuando los mismos desconocidos, tras conocerse, terminan por desconocerse. Conocen sus excentricidades, sus gustos, sus rutinas, las pulsaciones del tacto y del sexo, el color de los abrazos y el ritmo (y frecuencia) de sus tristezas, pero terminan por preguntarse de nuevo: ¿qué hacemos aquí mirándonos frente a frente? ¿Quién eres?

Él no era especial ni mucho menos único. Ella le explicó algo que él ya sabía pero no de esa manera. Le explicó que por cada persona como él, habían vivido treinta personas antes que ya habían muerto, sin otro legado que sus huesos sirviendo como abono orgánico para la tierra, que el tiempo era mucho más amplio que su vida y que en él nada era especial, ni mucho menos, único. Ella pensaba lo mismo de sí misma, a pesar de que es complejo y vulgar desligar el propio corazón del centro del universo.

También tenían claro que aquello que vivían con pasión desmedida era completamente común. Se besaban mucho. Traté en una primera aproximación a la historia de inventariar los besos que se daban, clasificarlos por la zona del cuerpo, o por la localización, o por frecuencia, pero fue imposible acabar la tarea. Como anécdota, quiero contar lo mucho que disfrutaban de vivir en ese verso que no sé cuándo ni cómo conocieron: Te lloraré en la boca y también las piernas. Pensaban en las lágrimas como se piensa en la lluvia y creían, con una fe inusitada, que las lágrimas podían ser igual que los besos, o que los besos no eran tan distintos de la lluvia. En cualquier caso, como cualquier pareja, se besaban sin un patrón definido, pero sin duda, mucho, y, quizá, se besaban muy bien, aunque esto es solo una suposición.

Hacían el amor, pero muchas veces follaban y dejaban el amor para después del orgasmo. Llegaron a decir, o puede que se lo escuchara a otra pareja, que les gustaba tanto el sexo como los instantes de después. Y es cierto que esos instantes eran muy proclives a los excesos de la poesía. Había una tristeza extraña que les rozaba tibiamente en esa felicidad compartida. El lenguaje después del sexo, probablemente el lenguaje del amor, era el de las pieles desnudas, que es un lenguaje muy parecido al silencio. No sabría descifrar qué se decían, ni creo que ellos pudieran recordarlo pero, aquello era puro, como es puro lo que queda (la piel y el silencio) y vulgar lo que se pierde (el preservativo, el semen).

En definitiva, su historia era común, si es que es común que dos personas lleguen a conocerse, y era vulgar, pues se querían, en principio, como la gente se ha querido siempre. Se podría hablar de sonrisas clasificadas, de miradas con acuse de recibo, palabras de significado único, ridículos apelativos cariñosos, caricias polisémicas (también monosémicas), cervezas baratas, viajes en metro con banda sonora compartida, vacaciones de sol y sexo, inviernos fríos en compañía, domingos de peli, manta y mimos… Pero tampoco nada de esto les convertía realmente en una pareja única o reseñable.

Me vi obligado a contar una historia sin historia. Por momentos pensé que él tenía razón y que aquella historia no solo no podía ser contada sino que no debía serlo. Él tenía un corazón grande en sentido figurado y algo superior a la media en sentido literal. Ella tenía el pulso ligeramente acelerado y, quizá, un soplo, una insignificante arritmia. Nada de eso me indujo a pensar que ahí había una historia. Ni tampoco nada de lo anterior.

Sin embargo, la literatura (o la escritura, no sé, qué más da) no solo debe separar lo relevante de lo irrelevante, desbrozar las sutilezas que escapan a la acción. También debe, o debería, moverse por una suerte de justicia, y es justo reconocer que esta historia no es o no del todo como la he contado.

Volviendo a la imagen (creo que era una sensación) de los extraños que empiezan preguntándose quién es quién y terminan asegurando que no lo saben, que creían que sí pero que no lo saben, podemos identificar de dónde viene la luz lejana, que es ciertamente extraña y es, también sin duda, excepcional. En él y en ella no hay nada especial, en lo nimio de su relación reside algún tipo de belleza, pero nada extraordinario. No obstante, han conseguido juntar la soledad de él a la soledad de ella y que en vez de sumarse (la soledad de él a la soledad de ella) se hayan restado. No entiendo el álgebra ni el algoritmo, pero aquello es violento y maravilloso.

Él no logró nada, ni ella. Pero os aseguro que lo que han creado juntos es un universo impenetrable donde no es difícil ser feliz. No diría que es fácil, pero no es difícil ser feliz. Creo que eso rectifica la trayectoria del amor y también la historia. No hay un ciclo donde los desconocidos vuelven al punto de partida. Creedme cuando os digo, con el asombro de haber sido velado por esa luz lejana y extraña, que aquella historia de amor vuelve solo en parte, como una espiral, que regresa al mismo punto, pero en otro plano. La diferencia, lo que rige el cambio, es sencilla: el deseo. Ellos pueden perder todo menos, tal vez, el deseo.

En toda esta historia vulgar, y ahora entiendo también que increíble, reconozco una única verdad entre mucha ficción desdibujada. La verdad se rebela y se revela aquí con nombre de título de película y dice así: Solo los amantes sobreviven. Solo los amantes sobreviven, porque los he visto, he estado cerca y lo he sentido. Que el amor es líquido, permeable e infinitamente denso pero también se alimenta, o ellos lo alimentan, de un instinto de supervivencia donde estos dos desconocidos (para mí, para nosotros y para ellos) han demostrado que juntos saben ser no solo distintos, también mejores. La ley del más fuerte aplicada al amor pues toda esa fuerza que envidio ligeramente desde mi posición de escribidor no debe de ser otra cosa que la estela que deja el amor mientras se sobrevive.

“¿Quién eres y por qué es que te quiero? ¿Por qué tu cuerpo tiene siempre forma de pregunta?”

“No sé, tal vez, el deseo.”

PIJOAPARTE

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