Proyecto de ingeniero: chapero

Todo empezó en aquellos días finales de julio. Exactamente, catorce días después de mi cuarta convocatoria de Ciencia de Materiales I. Aquella vez iba bien, bien de verdad. De aquella manera en que se dice en Materiales que “vas bien”. Solo un examen tipo “test pero sin respuestas” podía conducirme al suspenso de nuevo. Y así fue, injusta y directa, la nota que apareció en Politécnica Virtual me hundió en la miseria más absoluta. Pero una miseria extraña, que no estaba dispuesto a permitirme. Eché cuentas y la tercera matrícula me salía por 700€. Solo por aquella asignatura. No es que sea pobre, pero no me sentía bien pidiendo dinero a mis padres, ni creo que nos lo pudiéramos permitir. Así que tomé el camino fácil. Con todo agosto y mi inexperiencia por delante, tomé dos decisiones a la postre cruciales. La primera fue que, de cara a los demás, había aprobado Materiales, con un 6.3, una nota digna aunque merecía más. La segunda decisión fue ganar dinero, por primera vez en la vida, suficiente dinero para pagarme la matrícula. Y sin que mi familia lo supiera.

Lo más fácil para ganar dinero en aquel horror de urbe media de la costa levantina donde veraneaba era dedicarse a la noche. Cuando se dice la noche, expresión bastante utilizada en la jerga, uno no se refiere a ser relaciones de discotecas… exclusivamente. Sino a todo aquello que acontece por la noche. Era relaciones, sí, pero también camello, gigoló, puertas, amigo y amante. Y no me iba mal. En la costa levantina, la crisis también llegaba disminuida y se movía mucho dinero. Quizá la corrupción, no sé. El asunto es que ganaba dinero, pero no lo suficiente.

Una de aquellas noches un amigo me habló de un cliente y me dijo que pagaba bien. Yo no le entendí. No solo porque yo fuera puesto hasta arriba; de verdad que no le entendía. Pero me llevó hasta él y me dio 500€, que era más de lo que había ahorrado en todo aquel tiempo así que decidí seguir hasta el final, a ver qué coño quería.

Me doy cuenta ahora al transcribirlo que era evidente, pero supongo que mi estricta heterosexualidad me impedía verlo. A mí me van las tías, me van mucho. Y no soy liberal. Recuerdo aquella vez en que una chica, con la que tenía cierta confianza, me masajeó el culo con intenciones de jugar con él y según lo intentó, puse nuestro punto y final a la relación. En aquella ocasión fue distinto, era mucho dinero y cuando estaba en su habitación, no me atreví a decir nada, estaba cagado. Me metí otra raya, o dos, o dos gramos (no sé si pagó él) y me dejé hacer. Lo poco que recuerdo es el dolor, un dolor profundo, un desgarro irreparable. Recuerdo el dolor y no el asco, que seguro que en esos momentos también lo impregnaba todo. Sentía que no iba a poder sentarme nunca más. Al día siguiente fue incluso peor, la resaca no era comparable al malestar, tenía el pijama mojado y casi fue peor cuando vi que no era mierda, que era sangre.

Pero la vida siguió y yo tenía 500 pavos más. Mi amigo no hizo nunca mención alguna al suceso y se lo agradezco profundamente. Agosto pasó, caluroso y vacío, como todos los veranos en la playa. Los excesos los noté al llegar a Madrid. Tengo grabado el momento en que entré de nuevo en la Sala de la Máquina y la Tierra se tiró a mi cuello. Empecé a sudar: el barullo de Repro, los pesaos de la rotonda hablando altísimo, una señora, madre de algún niñato, gritando en la ventanilla de Secretaría, una conferencia vacía anunciada para el aula C… Era demasiado. Necesitaba pillar y necesitaba dinero. Los ahorros apenas me llegaban para pagar la matrícula de Materiales, y yo necesitaba coca. Me tragué mi puto orgullo, me olvidé de todo aquel dolor y le di un toque a mi colega. Recuerdo que el señor que me folló me invitó a ponerme en contacto con él si alguna vez quería algo, le dije a mi colega. A los dos días estaba en el céntrico ático del quincuagenario, reflejándome en el espejo del techo mientras era sodomizado cariñosamente. No sé cómo regresé a casa pero sí la manera en que me juré que nunca padecería más aquella humillación anal y oral, ni aquel dolor, ni la repugnancia en mi cuerpo.

Pero mi mundo y, en particular, la Escuela no ponían de su parte. Cada vez aguantaba menos a esos profesores pedantes que no hacían ni el huevo, a los niños de papá con sus BMW esperando para ahorrarse unos céntimos del parquímetro, las prácticas inútiles, los delegados corporativistas, las asociaciones de frikis, el olor putrefacto de las multiusos… Esta vez puedo jurar que no lo busqué yo pero cuando llegó sentí alivio y agradecimiento.

Solo tenía que ir bien vestido a una fiesta privada y selecta que se organizaba un martes al mes en la terraza Penthouse en la Plaza de Santa Ana. Me daban 50€ por asistir, un puto chollo. Había otra condición: no podía salir nada de aquella fiesta. Nada, bajo ningún concepto. Resulta que la fiesta era solo de hombres y era organizada por una celebridad mundial que escondía de cara al gran público, más mal que bien, su homosexualidad.

La primera fiesta fue sorprendentemente agradable. Los chicos eran guapos. Me seguían asqueando los penes ajenos y atrayendo las mujeres atractivas, pero era indudable que todos eran guapos. Me daban dos besos, me hablaban, me invitaban a eventos con nombres en inglés, a galas benéficas, alguno hablaba de su novia, de periodistas, de la tele. Supongo que el estereotipo es el que cualquiera tiene sobre el mundillo. Aquello rezumaba banalidad. De todas formas, también era banal mi vida de asistencia obligatoria, trabajos copiados de internet, compañeros quejicas, profesores quemados y demás fauna. Esa doble óptica me ayudó a dar el siguiente paso.

Sucedió unos días después, me llama un número desconocido para asistir a otro evento, esta vez más exclusivo y cercano, con el mismísimo pagador de aquella velada en la Penthouse. No os lo vais a creer, por eso lo cuento supongo, pero cuando me presenté con mi traje nuevo (y pagado por el número desconocido) en el restaurante, la cena era a todas velas romántica y para dos. ¡Mi acompañante era Cristiano Ronaldo! Él mismo, con su abuso de gomina, su patético acento, su sonrisa impostada y su musculatura perfecta.

Debo reconocer que me asusté, me intimidaba muchísimo. No podía creerme que eso estuviera sucediendo y, mucho menos, que eso me estuviera sucediendo a mí. Pero le había gustado, le atrajo mi aire de normalidad, mis pocas pretensiones vitales, mi pinta de absoluta mediocridad. Nadie sabía nada de mí y le llamaba la atención que no quisiera darme a conocer. Entiendo que Cris, como me obliga a llamarle ahora, todavía no sabe que no soy homosexual y que no tenía ningún interés de ligar en aquella fiesta. Por lo demás, la cena fue agradable, creo que muy cara y Cris fue muy simpático conmigo, ni siquiera tuve que hacer nada por agradar. Aquella noche me devolvió un coche negro a casa y esto acabó convirtiéndose en rutinario. La relación con Cris es bastante buena. Ahora tengo mucho dinero, tanto que no sé bien cómo disimularlo en casa. Me drogo menos porque a él no le gusta. Tengo tiempo para descansar y el cariño de Cris, que es garantía de éxito para todo aquello que me proponga, parece inagotable.

Es verdad que la carrera la he dejado. Hace tiempo que no piso la Escuela y la realidad es que no lo echo de menos. No se lo he dicho a mis padres y mis amigos imaginan que lo dejé por las drogas, pero todavía estoy en algún grupo de whatsapp y no les envidio cuando escriben. Ese mundo de domingos tensos y lunes depresivos, navidades encerrado y julio de bibliotecas no era para mí. Intento seguir leyendo sobre algunos temas y he olvidado l.M.A., entre muchas otras. Cris me ha preguntado en alguna ocasión por qué estudiaba aquello o de qué trabajaba un ingeniero de mi tipo. Nunca he tenido una respuesta razonable, suelo pensar que me confundí, igual que mis compañeros, solo que ellos no lo saben.

¡Ah! En cuanto al sexo, bastante bien. No es que me guste pero he perfeccionado mi técnica y he conseguido que se me levante cuando Cris (sí, ¡Cristiano Ronaldo!) me la chupa. Él se siente mejor y para mí ya es algo mecánico. Lo mejor de todo es que no tiene ninguna intención de follarme, le gusta que se la meta yo. Yo no es que esté cachondo cuando lo hacemos pero quizá sea el asombro lo que hace que se me ponga dura. Me veo en esas camas enormes de hoteles de lujo, de pie, con Cristiano Ronaldo a cuatro patas echándose lubricante, con su apolínea musculatura en tensión, esperándome y, por momentos, no me lo creo. Qué coño hago yo ahí con el mejor jugador del mundo. (No, no grita “uuuuuh!!” cuando se la meto, ni cuando se corre, pero a veces le pido que me lo haga.) Muchas veces pienso que si lo contara, como ahora os lo cuento, nadie se lo creería.

Pijoaparte

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