Troya en llamas

“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia.”

F. Scott Fitzgerald

Héroes, tanto clásicos como actuales, los asociamos a aquellos que hacen frente al peligro, luchan contra su miedo por una causa que se les antoja justa, ya sea evitar guerras, salvar a los suyos,  sacar adelante a una familia, o cosas más pintorescas, como luchar contra la obesidad a ritmo de rap o rescatar gatitos de árboles y mostrarlo en internet. El límite de la heroicidad está cada vez más difuso.

Pero la vida pinta con toda la paleta de grises, para borrar de un plumazo las rotundidades a las que intentamos aferrarnos . Viajemos a esa Troya a la que el invidente Homero cantaba. Invocaban a héroes a los que el destino, con nombre de mujer y de dioses aburridos y cabreados que mataban moscas con el rabo, habían avocado a una larga y costosa guerra. Como estandarte griego lo llevaron a él, Aquiles, hijo de diosa y mortal, entregado desde y para siempre al arte de la guerra. El texto lo presenta como cruel, bello, de humor cambiante. Necesitado de atención y agasajo, sabía que su búsqueda del reconocimiento acabaría pronto con sus días, siendo recordado para la eternidad. Muere joven, vive para siempre. Todos los griegos lo ensalzaban como héroe, como inmortal sin debilidad que les conduciría a la victoria, pero ninguno se atrevía a inmiscuirse o juzgar los asuntos que atañían a la intimidad de su tienda.

Tanto  él como el bravo príncipe troyano, Héctor, fenecieron al final del envite, quedando por palabras del rapsoda encumbrados sus nombres para generaciones venideras. Sus vidas por una afrenta, por una mujer, por una ciudad.

Pero había otra clase de hombres. Hombres como Ulises, que tras diez años ausente de su Ítaca, partía de vuelta dejando atrás una Troya llameante, cuyos rescoldos no podría apagar totalmente. La astucia que le llevó a construir el caballo, le hizo mantenerse con vida. Pero los dioses seguían aburridos, no le propiciaron una vuelta fácil. Durante otros diez años, Ulises tuvo que hacer frente a lo que se encontraba cada vez que desembarcaba. Gigantes caníbales de un ojo, sirenas con cuerpo de ave que se meriendan en un momento a la sirenita que todos conocemos, la loca de Calipso que quería raptarlo y hacer de él su esposo, hechiceras que convirtieron su tripulación en ganado porcino y continuos desvíos por causa del viento que le hacían imposible la vuelta a su hogar. No solo luchó un día, o una semana, sino constante y tercamente durante una década, llegando finalmente a su tierra y descubriendo que además tenía al enemigo en casa, en forma de moscones pretendientes de su mujer y sus riquezas. Pero todo lo sufrido esos veinte años se calmó cuando Zeus decidió restituir la paz en su tierra. Pudo descansar.

Es la clase de hombres que permanecen anónimos, los que afrontan una vida larga, peligrosa y nada fácil para mantener o recobrar lo que quieren. Héroes que no son sólo valientes en batalla, no reconocidos. Esos hombres que mueren de viejos y en paz, habiendo luchado para sobrevivir a esa perenne y particular Troya en llamas que nos persigue a cada uno.

Caballo sin nombre

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