Sobre perros y berzas

Lope de Vega, además de que Cervantes lo llamase “Monstruo de la naturaleza”, coleccionar amantes y crear una prole de bastardos como para formar un equipo de fútbol (suplentes incluidos), escribió un número indeterminado de comedias. Se rumorea que podrían ser hasta unas 1800. Si bien muchas no han llegado hasta nuestros días, hay varias bien conocidas. Como El perro del hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer. Y de esto va la cosa.

En la comedia de mi paso por la Etsii os voy a narrar mi periplo de entrada al máster. Ese que durante meses fue un animal mitológico, macerando con calma y paciencia, hasta que por fin fue aprobado allá por abril-mayo. Se decía entonces que los alumnos con menos de 30 créditos de grado restantes podían acceder con matrícula condicionada. Hice cuentas, me agarré lo que no tenía e invertí un par de meses en olvidar la luz del sol. Incluyendo proyecto me quedaron 24 créditos. Proyecto, por cierto, que no tenía nada claro para cuándo debía estar listo, así

que tras los exámenes de julio decidí invertir una semanita más aquí con el tutor para trabajar. Porque la playa está sobrevalorada.

Y ahora es cuando el chucho del hortelano entra en escena, agitando unos pompones y con zapatos de claqué. A 26 de julio se me ocurrió la idea de irme a casa a pasar un mes pensando en la mortalidad del cangrejo. Nada más poner las maletas encima de la cama me llamó una amiga de estas que tienen poderes para enterarse de todo, y me avisa de que han mandado un correo en el que se insta a preinscribirse con presteza, y en el caso de que seas alumno

en busca de matrícula condicionada, que fueses a preguntar a secretaría no se qué. Ataqué la problemática yéndome a los chiringuitos, preinscribiéndome legañosa al día siguiente y mandando a mi querida y mártir amiga a que fuese el lunes a secretaría a preguntar.

Me llamó temprano: “Que dicen que tienes que pedir compensación”, “¿Cómo?”,”Eso dicen, que no van a hacer convocatoria extraordinaria”, ”Pero si no cumplo, me quedan tres”, “ Y que el proyecto es para septiembre y que la reunión es el miércoles 31 para informar de todo esto” “aggggghh” “¿Sigues viva?”

Yo ya me veía en mi bus de seis horas y media de vuelta a Madrid, sin saber cómo iba
a localizar al tutor del proyecto, cuando decidí llamar a secretaría. Que sí, que pidiese compensación de todo y que podía entregar en enero. Y con estas, que esperase a las listas de compensación y máster, ya para septiembre. Desarrollé el plan alternativo de buscarme unas prácticas si no me cogían y dedicarme al inglés y estas cosillas que todo el mundo hace cuando no tiene nada mejor que hacer. Por si acaso. El perro del hortelano me guiñaba el ojo mientras hacía malabares con las berzas. Encantador.

Así que tras un mes aguantando la pregunta de “Y tú, ¿este año qué haces?” de todos los conocidos durante agosto, me planté el día 1 de septiembre en secretaría a informarme sobre qué pasaba conmigo. Respuesta: sigue esperando. Me aceptaron el día 10, empezando el 15. Y que me tendría que presentar a lo que me queda. Que estaban estudiando si en noviembre. Que ya veremos.

Yo tranquilamente le cedía todo el argumento a Lope para que hiciese segunda parte de su comedia, salvando el detalle de que lleva casi 400 años en el barrio de más allá. Solicitud final:

que el perro se organice, distribuya y prevea con algo más de antelación qué hacer con sus berzas. Que seguramente no sea yo la única que esté criando una úlcera por sus problemas psicológico-alimenticios.

 

Caballo sin nombre

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