Los timadores de turistas

Érase una vez, hace muchos, muchos años, un pueblo en Tailandia donde las personas eran felices viviendo una vida sencilla. Tejían, reían y vivían de la artesanía. Eran agricultores y ganaderos, padres y hermanos. Pero este pueblo ya no existe; ha sido testigo del capitalismo.

Hace poco más de un mes tuve la oportunidad de visitar este lugar. Nos contaron que estaba habitado por los Akas, los Karen y los Padaung. A simple vista todo parecía muy auténtico: vestían con la ropa tradicional, hablaban karení y un poco de tailandés y miraban a todo aquel que pasaba con cara de extraño. Sin embargo, a medida que nos adentramos en el pueblo algo no cuadraba. Solo se veían puestos vendedores. Los niños pequeños se te acercaban con la palma abierta para pedir dinero y las niñas gritaban ‘bueno, bonito, barato’ mientras te mostraban pulseras de cuentas y cuero. Hacíamos fotos al entorno y a sus habitantes y las mujeres te pedían dinero a cambio o si no escondían la cara.

A cambio de 80 bahts (unos 2€), una de las mujeres se ofreció a enseñarnos su casa. Era una choza de madera de dos pisos y tres habitaciones. Estaba llena de mantas y tenía un bebé envuelto y dormido en una balda. Intentaban dar impresión de austeridad y pobreza, sin embargo, no engañaban a nadie; su familia claramente no vivía ahí más que las 4 o 5 horas al día en las que podía haber algún turista en el poblado.

Todo esto me llevó a pensar en el poder del dinero, en cómo las culturas que una vez fueron felices viviendo ‘a la antigua’ se están transformando en máquinas de generar dinero. Al final, nuestra visita a ‘un poblado auténtico’ era como ver una vitrina de museo, con la única diferencia de que estos no te reconocían que era una reconstrucción.

En contrapartida, tras insistir mucho al guía y explicarle que nosotros no queríamos ir a ‘los timadores de turistas’, como había empezado a llamar mi padre a estas tribus, fuimos a un poblado en las profundidades de la selva, aún sin tocar por el dinero del turismo.

El cambio fue increíble.

Envuelto en densa vegetación y con lluvia casi constante (era agosto, cumbre de la época lluviosa y de los monzones), Kiti, un pequeño poblado de casas de madera y tejados de aluminio, nos impactó a todos.

Aparcamos la furgoneta lejos del poblado, “no vayamos a traerles mala suerte por entrar con un vehículo sin bendecir por los espíritus de la selva”, nos dijo el guía, y empezamos a andar. Al llegar al pequeño pueblo (armados con cámaras, comida y paraguas), nos recibió el jefe. Hablaba un idioma desconocido incluso por el guía y cuando intentó hablarle en tailandés, el jefe se fue en busca de un joven. Mientras nos enseñaba el pueblo explicó que ese día era noche de luna nueva y que estaban preparando la ceremonia de la limpieza de los Espíritus. Nos llevó a la plaza del pueblo, una especie de círculo de arena rodeado por verja de madera (recordando a un corralito de ovejas occidental) donde los hombre mayores y los niños estaban fabricando objetos y guirnaldas de bambú. “Los demás jóvenes están trabajando en el campo”, dijo el traductor del jefe, “este es mi padre, me está entrenando para sucederle en el puesto de jefe, y estoy yendo al colegio en Chiang Rai (la ciudad más cercana), para aprender tailandés e inglés, y así poder defender mejor nuestros intereses”. Entramos en el corral y rápidamente ponen a mi hermano, a mi padre y al guía a trabajar; “es labor de hombres, las mujeres están con los niños y haciendo la comida”. Nos alejamos un poco de la plaza y nos las encontramos reunidas debajo de un enorme árbol y un porche. Algunas tejían, otras jugaban con las niñas y una removía un líquido rosa en el que luego mojaba palos para dar a los pequeños. Nos acogieron en su círculo y nos ofrecieron comida, té y fruta.

Estuvimos ahí un poco más de una hora y acabamos sorprendidos con la felicidad de todos. No paraban de sonreír y no echaban en falta los ‘grandes avances tecnológicos’ que decimos tener nosotros. No digo que no tuvieran coches, porque los tenían, ni que no tuvieran teléfonos móviles, porque algún Nokia vi por ahí, pero sí que estaba ausente el sentimiento de ‘más más’ y la sensación de querer aprovecharte de cualquiera que viene que embriagaba el pueblo de los Akas, Padaungs y Karens.

 

Femme Fatale

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