LA RAPSODIA DE LAS DAGAS OSCURAS (2º Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA)

LA RAPSODIA DE LAS DAGAS OSCURAS

2º Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA

Por Sherezade

Yo sé de qué tiene miedo la luna.
Hay quien dice que tiene miedo de reflejarse en el agua, por eso nunca se asoma.

Y cierto es que jamás se mira en ese espejo de sombras, pero realmente no se trata de ninguna manía narcisista: la luna es vieja, y sabe no dejarse cautivar por su belleza.

Pero yo no, y ya casi he olvidado lo que es la luz, así que si viera un débil, el más pálido y tenue brillo sobre la superficie, enloquecería, y perseguiría ese reflejo hasta que mi espíritu muriera de deseo.

Tiene gracia que eche de menos el brillo de la luna cuando siempre viví de las veladas oscuras, pues era fácil vivir de ellas cuando los anhelos superaban las posibilidades de la realidad. Y hoy, que tengo un corazón estático, mi mente recuerda cada color perdido entre la madera del piano, aquel que tanto nos hizo bailar…

París, 1895

Mi amor por París no era como el de esos amantes que se olvidan mutuamente después de una corta noche de pasión, era más del tipo de amor que desgarra el alma y la vuelve a coser, y aunque tengo el corazón lleno de remiendos, en realidad las heridas nunca me dolieron.

Mi vida era la plata fina de París, las catedrales de colores, el acento de sus gentes, la tierra de sus calles… y la magia del cabaret.

Yo crecí bajo el escenario de insinuantes sombras, labios rojos y miradas felinas, siempre perdida entre las plumas de las bailarinas, las botellas de licor de los clientes y fardos y fardos de dinero que poco a poco desaparecían entre las faldas y los escotes.page1image16008 page1image16168

Conocía cada detalle de la puesta en escena, desde la suave cadencia de la música, esa breve pausa del acordeón cogiendo aire, lanzando un hechizo de pasión que las vedettes sabían aprovechar, hasta la hipnótica melodía rápida de pedir más whiskey. Y a mis diecisiete años, ése era un mundo hecho a mi medida.

Yo era hermosa. Realmente era preciosa, y fue mi error no mirar el escenario de la vida con ojos críticos en lugar de hacerlo con ilusiones estúpidas y lógicas absurdas, buscando siempre entre el público los ojos de fuego que más me encendieran.

Así que cuando aquella noche llegaron juntos, no pude dejar de mirarlos: eran el Sacre Coeur y Nuestra Señora de París, y me gustaron ambos.

El primero tenía la piel de arena, quemada por el sol, y el cabello dorado oscuro. Una enorme sonrisa le llenaba la cara, y tomaba coñac seco apoyado contra la barra de madera, junto a los músicos. Parecía sumido en la melodía, dormitando entre pensamientos casuales, pero realmente estaba inundado de mí. Yo lo sabía. Él nunca lo consiguió disimular.

El segundo era un misterio infinito, una idea abstracta, un aventurero que había robado un pedazo de cielo para dar color a su mirada. Siempre llevaba un violín, y pasaba horas afinándolo a la salida del cabaret, cuando el espectáculo acababa. Desde mi habitación yo escuchaba sus acordes de prueba, y hubiera jurado que estaba debajo de mi ventana, pero allí jamás hubo nadie y eso sólo conseguía incrementar mi interés.

Y mientras los días se sucedían, y las copas se llenaban y volvían a vaciar, el hombre rubio dejaba rosas rojas en la puerta de mi camerino tras cada actuación, y el joven guardián encerraba secretos tras el pianissimo compás de sus dedos sobre las cuerdas.

Nunca conocí realmente a mi oscuro violinista, pero tardé apenas tres noches en averiguar el nombre del otro hombre, mi amante de oro viejo y seductora voz, dos semanas en conocer el tacto de su pelo y el sabor de sus labios, y tras la tempestad de su roce áspero sobre mi cuerpo, apenas pasó una hora para recibir la primera bofetada.

Una vez un cliente me contó que al nacer nos dan una llave maestra que abre todas las puertas de la vida, y que la libertad era inmensa pues los caminos a elegir eran infinitos. Me dijo que saber vivir no consistía en abrir todas las puertas, sino en ser capaz de cerrar aquellas abiertas por error.

Yo jamás conseguí sacar a aquel hombre de mi vida. Y cada noche, hasta el amanecer, los suaves acordes de un lejano violín me hablaban de todos los monstruos que cada día venían a mi habitación. Monstruos de dolor, de miedo e ira, de odio.

Pero pronto esos fantasmas dejaron de pedirme baile, pues un atardecer de primavera, mientras buscaba el escondite del músico nocturno, mi cruel amante, borracho, celoso y loco, me asesinó.

Los cuentos decían que la vida nacía del corazón, y que el alma vivía en la sangre, llenándonos. Mi cuerpo murió aquel día, mientras la vida se me escapaba por la herida de mi vientre, pero mi alma fue rescatada por el chico del violín.

¿Cómo no haberme dado cuenta antes? Él era un símbolo de culturas ancestrales, un augurio de muerte. Era el violinista del tango ahogado y los cielos rojos, el recaudador de almas… que no tenía alma. Lo vi en sus ojos, que no revelaban más que el mutismo innato que le caracterizaba, una mirada vacía llena de eternidad.

Y yo era tan joven y mi ilusión por la vida era tan inmensa, que sólo podía pensar en la injusticia de mi suerte: yo solo había querido ser más feliz de lo que el mundo me ofrecía, y había visto mi reflejo brillar tantas veces bajo la luz de los escenarios, como una diosa de plata y diamantes, que no me había fijado en todas esas sombras que perseguían mis movimientos.page3image17912

Así que hice un trato con el violinista: mi alma se quedaría con él por siempre, velando la soledad de su música, a cambio de una vida de sufrimiento para el hombre que acabó con la mía.

Y así, cada día que pasaba, yo recitaba la rapsodia de las dagas oscuras una y otra vez, mil puñaladas para lo que le quedaba de existencia a mi asesino.

Y hoy lo he notado. He sentido su muerte, después de sentir la muerte de sus seres amados, después de sentir su ruina y su desesperación, su enfermedad y locura.

Lo he sentido como otras veces, estando presa en las profundidades de la noche eterna donde el músico me encerró, ahogada en una cárcel de agua. Y al igual que en otras ocasiones, esta vez mi alma también se ha estremecido ebria de venganza.

La luna no tiene miedo de su reflejo sobre el lago. Tiene miedo de lo que vive allí.

La luna tiene miedo de mí.

Mi parte del trato comienza ahora, y hoy el violinista ha vuelto, y me ha rodeado con sus brazos de la misma forma que se rememoran una y otra vez los momentos felices vividos. Hoy me ha llevado a ver el día, tras tantos años de oscuridad, y aunque para mí ya no existen las baladas, y no sé si sobreviviré a tanto réquiem escondido, hoy puedo decir que quizás la vida no sea solo abrir y cerrar puertas, sino también ser capaz de esperar tras ellas a que llegue momento adecuado.

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