Halftown o profeta (3er Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA)

Halftown o profeta

3er Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA

Por Nosfi

 

Un espasmo ajeno, un corte propio en la mano. Una vida ajena que literalmente se apaga, unas lágrimas propias. La ausencia de un último hálito ajeno, la tristeza propia propia del fin. Ni tan siquiera en aquel momento, llorando a Willy-Five, se tambaleó su firme, casi faraónica convicción, de que la fuente de su exclusión era ajena y nada tenía que ver con su propio ser; vehemente, flácido, violento, conspirador, nauseabundo, ingente, grotesco. Suspiró mientras miraba la sangre que brotaba, pero para dos minutos que le quedaban no se preocupó, se sumergió en la melancolía, una melancolía densa y turbia, con todos los horrores de su pasado disueltos en ella. Y volvió a suspirar.

 

Willi-Five o W5 era el nombre comercial del mejor amigo del Profeta, como se hacía llamar el antes conocido como señor Halftown. W5 era una suerte de araña robótica con una tecnología motriz deliberadamente obsoleta pero con una programación neuronal puntera enfocada a la supervivencia. De un color negro envejecido, como quitina demasiado curtida al sol, de tacto pegajoso, movimientos toscos y chasis de diseño agresivo eran un pase directo a las pesadillas de cualquier niño de cualquier época. Pero al Profeta le encantaba. Era el mejor blanco de sus frustraciones. Podía gritarle, apalearle y su castigo preferido, arrancarle extremidades con la boca llenándose los dientes de líquido lubricante; y su arañita se quejaba lo justo para alimentar su complacencia. Luego era capaz de arreglarse ella misma y volver fiel a su regazo, con la fidelidad temerosa de los negros de las plantaciones de algodón. Sus esclavos fueron muy débiles, biológicamente no aguantaban el carácter del Profeta.

W5 era, aparte de el compañero optimizado para el Profeta, su último alarde de superioridad. Todos los comercios de los territorios controlados por él deberían tener al menos un ejemplar a la venta por normativa y comprometerse a darle el mantenimiento adecuado mientras lo tuvieran en stock. Como todas las leyes, la pena era capital pues, como rezaban las Sagradas Escrituras donde se recogían los preceptos de la sociedad, “una leve desviación es imperfección”. Por supuesto, ningún habitante podía comprarlo al precio de mercado, ni tan siquiera el propio Profeta.

 

Con unas vistas privilegiadas, dos ojos empañados miraban el infinito mientras el espectáculo de la destrucción era una mera música de fondo para sus pensamientos. El cielo no tenía un color definido. El calor empezaba a secar los océanos. Los tornados devoraban montañas. Llovían satélites. Los núcleos urbanos titilaban antes de explotar o ser sepultados. Toda la historia de la humanidad iba cayendo poco a poco, amalgamándose en una nube de polvo. La nube de polvo igualatoria. Iba desapareciendo todo. Nanotecnología. Comunicaciones. Industrias. Libros. Ciudades. Plantaciones. Arte. Mujeres. Hombres. Animales. Plantas. Y por último, Dios.
El Profeta había adquirido su sobrenombre a fuerza de pronosticar el futuro o, más ciertamente, por forzar a que el futuro se ajustara a sus pronósticos. Previo a la primera profecía, el todavía señor Halftown se valió de su empresa de servicios informáticos para incluir algunas noticias falsas en las ediciones digitales de alguno de los diarios más importantes del Reino Unido. En ellas se narraba como él pronosticaba el intento de asesinato de un cardenal católico de visita a Londres. Incluso había una entrevista falsa. Las tentativas de eliminar la noticia o subir una rectificación fueron bloqueados. Solo le bastaron siete horas apostado en un tejado con un fusil, su conveniente falta de puntería y la vanidad de los medios que fueron infestados con la noticia para que se germinara su leyenda. A esto le siguieron atentados, accidentes nucleares, macabros asesinatos públicos que alimentaban su sadismo al tiempo que lo dotaban de un halo de misticismo que iba expandiendo su influencia y fama y sumía al mundo en una guerra sin bandos. A la postre, se formaría una especie de gobierno de concentración internacional con el Profeta como cabeza visible a partir de la cual vertebrar la paz. Y se consiguió poner fin al conflicto. Se publicó la primera edición de las Sagradas Escrituras donde todos los países aliados ponían a disposición de su recientemente nombrado líder sus recursos para luchar contra enemigos invisibles. El Profeta luchaba contra el Profeta y toda la humanidad era su ejército.

 

La brecha entre él y los hombres se había creado y su estatus de Dios se establecía. La magnitud de las profecías aumentaba a la par que el sometimiento del pueblo. Se extinguieron los DNIs, las familias y los partos. No había cabida para el humor o el sexo. Pero la felicidad cada vez le duraba menos al Profeta. Si hubiera una lista universal de perversiones ya habría tachado todo. Se aburría y la indulgencia o la caridad no era una opción. Así que se puso el mayor reto que pudo: pronosticó su propia muerte.

Subconsciente. Memoria parásita. JESSICA COOK. Amor imposible de la adolescencia. Fue suprimida en el plan auxiliar de reparto de los recursos donde se exterminó a los mayores de 50 años. Actualmente el vocablo amor está tipificado como arcaísmo. SUS PADRES. Progenitores. En un ejercicio de pragmatismo, fueron exiliados al olvido. Jerarquización obsoleta de los humanos.

El señor Halftown no fue ni tan siquiera señor en un principio. Hasta los 35 años era una persona insustancial. De pequeño creían que era autista, nunca aprendió a hablar bien. Prefería gruñir, empujar y poner esa sonrisa bobalicona, desmedida y descontrolada, con las babas cayendo de su boca mórbida. Cuando creció un poco, se dio cuenta de que la violencia no solo era física. Así, en la adolescencia los insultos fueron su arma preferida y, cuando no eran suficientes, la lascivia se convirtió en su refugio. En la universidad su obsesión era desacreditar a los profesores. Cuestiones enfermizas, intentando corregirlos con una vehemencia desaforada. Entró como programador de perfil bajo en una empresa informática. Su vida social se reducía a la infinidad de perfiles falsos que tenía durante el boom de las redes sociales de la época. Internet le otorgaba un anonimato que le permitía sacar a relucir su personalidad sin consecuencias para su persona. Todo fue así hasta los 35 años cuando murió por primera vez una persona en sus manos.

Esa jugada le reportó muchos beneficios. Tuvo suerte con las inversiones y multiplicó su patrimonio. Su seguridad afloró y empezó a gobernar empresas con mano de hierro. Una vez fue bautizado como el Profeta empezó a invertir en su imagen. Se afiló los dientes, se pigmentó la piel de azul y el iris de los ojos de blanco. Todos sus esfuerzos empresariales los dedicaba a convertirse en un ser humano superior para así lograr el reconocimiento de los demás. Implantes robóticos, entes informáticos inteligentes que podían sustituir a los obreros en las tareas prácticas, química celular y neuronal capaz de generar e inhibir emociones, erradicación de las enfermedades, creación del sueño sintético. Todo esto a costa de la libertad de los hombres y de la salud del planeta. Pero era terror. Y nada más.Mientras el señor Halftown se lavaba las manos en el baño escuchó un golpe seco en una de las cabinas de los urinarios. Dejó diluir el agua marrón del lavabo fruto de rebañar la crema de cacao que quedaba en el bote con los dedos y fue a ver qué había pasado. Unas piernas vestidas de etiqueta se deslizaban por debajo del hueco puerta. Abrió el cubículo y con una mano en el pecho y una cara de susto y yeso, un directivo de la empresa parecía implorar ayuda. Lo miró fijamente. Vio de cerca a la muerte a través de un infarto. El sonido de la respiración ahogada de aquel hombre que sostenía con sus brazos era la música más sosegadora que jamás había escuchado. La paz le invadía y se sintió completo por primera vez en su vida. Como cuando era niño, las babas del señor Halftown cayeron en el rostro del moribundo. Cuando cesó de respirar le metió la cabeza en el retrete, cogió su maletín y vendió los secretos empresariales que contenía a otra compañía rival. Era el comienzo de la megalomanía como estilo de vida.

El día de la última profecía tenía 386 años. Tuvieron que pasar 21 más para que su propio ejército pudiera penetrar en las defensas que durante tanto tiempo había generado para su protección personal.

Sangre, lágrimas, saliva, orina. Miedo, paz, euforia, inconsciencia. Remordimientos y satisfacción por el deber cumplido. “Profeta, despierta, que ya has fallecido. Eres mío”

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