Gravedad (1er Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA)

Gravedad

1er Premio IVº Concurso de Relato Corto ACEII Kilowatio-AwA

Por Delwood

Era ella. Estaba en peligro. Y yo la podía salvar, mi turno. Todo era tal y como lo había soñado. Y entonces, en ese momento, justo en ese preciso instante, apareció la duda. La eterna duda: ¿Y si no? ¿Y si no fuera la mujer de mi vida? Le salvaría la vida para nada. Está claro, ella quedaría enamorada de mí, esto es así, lo dicen las películas, pero ¿y si un día me daba cuenta de que ella era terriblemente aburrida? ¿Y si se hiciera naturalista y dejará de depilarse las axilas? Aun peor. ¿Y si no tuviera ombligo? Bueno, era improbable pero eran cosas que no podría soportar, definitivamente lo mejor era analizar la situación.

Ella estaba colgando dieciocho metros por encima de un río, con las dos manos agarradas en la barandilla de un puente. La balaustrada cedía gradualmente arqueándose con crujidos, que es como grita el acero. Yo era el único que podía verla, el único que podía escuchar sus gemidos de socorro. Pero salvarla requería un esfuerzo, debía trasladarme hasta allí, agarrarla de los brazos y subirla con fuerza, era de una de esas cosas que no se deben tomar a la ligera.

Estaba claro, una vez dado el paso había que llegar hasta el final, pero debía estar convencido. También estaba el callejón moral que suponía la situación. La responsabilidad de una vida pesaba sobre mis hombros. Pero, según había oído, eso no es nada frente al daño que podía causar un desamor. Si se hiciera naturalista y tomara la decisión de no afeitarse las axilas sería difícil continuar una relación con ella, ¿y cómo podía saber si eso sería menos doloroso? “La vida duele mucho más que la muerte”, hubo una vez alguien que dijo eso. Tal vez le haga un favor yéndome a mi casa, ¡pero, ¿cómo averiguarlo?! Si tuviera aquí mis libros, seguro que podría llegar a una conclusión, nadie dijo que salvar a alguien fuera tan complicado. Había que analizar los antecedentes.

Cuando tenía cinco años pase un año en la granja de mis abuelos, en Galicia. Yo tenía miedo a los truenos desde que a mi padrastro, que era guardia forestal, le cayó un rayo en la cabeza. Mi madre, las noches tormentosas, cortaba jazmín y me lo dejaba en un vaso de cristal en la mesita de noche, decía que eso ahuyentaría a los rayos. Su pelo olía así, a húmedo jazmín.

Lo recuerdo perfectamente. Lo recuerdo perfectamente porque era un día de niebla. Los días de niebla me producen hipersensibilidad. Salía de mi club de lectura buscando ese olor a jazmín abrumador y la vi. Esos ojos melosos me atravesaron por un momento, me quedé extasiado. Su piel era suave, como la seda, con pelos dorados en los brazos, que te hacen cosquillas cuando los besas. Sus pómulos sabían a chocolate, sus labios sabían a almendras. Me hubiera gustado poder acercarme a ella pero pidió un taxi, su voz era armoniosa, grave, áspera pero femenina. No paré de pensar en ella en todo el día.

Pero el universo conspira cuando dos personas se buscan.

Todos los martes por la noche acompaño a un anciano ciego desde el comedor social hasta su casa; de vuelta a mi casa me encontraba inmerso en mis recuerdos cuando la vi atravesar el puente. Vi cómo se abalanzaban dos hombres a por ella, querían violarla. Aparecí corriendo y conseguí apartar a uno de esos hombres pero el otro me golpeó fuerte en la cara, su puño olía a barro, su nudillo se sentía como granizo en mi mejilla. Caí en el acto. Entonces la empujaron al agua y salieron corriendo. Pero ella consiguió agarrar la barandilla.

En las noches de niebla los arboles huelen a grillo.

 

***

 

Durante la Edad Media, el tiempo se paró, el mundo no progresaba en ningún aspecto. Pero siempre hay excepciones. El ingenio rebosaba en los instrumentos de tortura, gracias a la Santa Inquisición. Entre ellos sobresalía “la pera de la angustia”, un instrumento en forma de esa fruta que se introducía en la boca, ano o vagina de la víctima, y una vez dentro se abría. A los mentirosos se les introducía en la boca, cada segmento del artefacto les desgarraba la carne. Yo no soy un mentiroso, mi doctor dice que no lo sea.

En realidad, yo no voy a un club de lectura, iba a la consulta del doctor cuando la vi. Ese culo bamboleante parecía un columpio, el impacto de una nalga sobre la otra se podía leer en su falda ceñida. Cada paso. Podía oír su percusión, una melodía mortalmente obscena. Su culo era ancho, generoso. Un culo que no se olvida, yo no lo olvidé.

No hubo dos personas que la lanzaron al río, no la defendí ante nadie. Fue un hombre con una máscara de carnaval y cubierto por una gran capa negra. Huyó corriendo con el bolso de ella, desprendiéndose de la capa y la máscara, también de ella, la dejó colgando del puente. Desde donde estaba podía ver el disfraz en el suelo, una oruga ascendía por la enorme nariz de la máscara. Mientras la observaba me arrepentía de no haber seguido a aquel misterioso individuo. Ello no hubiera implicado una duda de la magnitud en la que me veía hallado. Ser una oruga tampoco parecía complicado.

Además ahora existía un riesgo, si se rompía el pasamanos se enfrentaba a una muerte segura, puede que incluso ella se riera de mí -no sirves para nada- gritaría. Pero ella también moriría, por idiota. Decidí que el riesgo no me asustaba, hubo alguien que dijo que sin riesgo no hay gloria. Indudablemente, yo era un hombre de gloria. Era un alivio haberse desprendido de uno de los dilemas.

Necesitaba una aspirina.

 

***

 

Pragmatismo. Extraña palabra. Dila muchas veces y ya no sabrás qué coño significa. Significa que un hombre disfrazado puede empujar a una joven si luego se lleva su bolso. Sin su bolso todo se vuelve extrañamente confuso. ¿Y qué saco de todo eso? Nos inunda nuestra naturaleza malvada a cada instante pero no podemos reconocerla cuando se abre ante nuestros ojos. Hacer el mal por el mal, perpetuamente hacemos cosas que se sabe que no se deben hacer justo por eso, porque no se deben hacer. Pero si lo viéramos escrito no sería veraz. El perpetuo triunfo de la realidad sobre la ficción. La realidad siempre juega con ventaja, no tiene que convencer a nadie.

Está claro, ese hombre no le robó el bolso a ella. El bolso cayó al río. Cuando se iba pude ver la cara de ese enigmático individuo. Tras la máscara veneciana se escondía mi propia tez.

Estoy mejorando, seguro. Estoy diciendo la verdad y eso es heroico. Lo dijo el doctor. Tal vez ahora que he contado la verdad esté curado definitivamente. Se lo tengo que preguntar. Hay días que el mundo me necesita para seguir girando.

Contemplando toda la acción el tiempo transcurría rápido. El extraño individuo enmascarado que era yo, se había ido corriendo. Era astuto, había encontrado la forma de conocerla. Pero debía haberme consultado. No era fácil decidir, pero pensar es de cobardes, yo soy un tipo de acción. Me acerqué al puente y agarré su mano. Su cara me miraba, preciosa, su pelo bailaba un tango brutal. El olor a jazmín se mezclaba con el olor a grillo. Era tan bonita que dolía, me entraron ganas de morir. Me tiré. Me quedé agarrado a ella. Era suave, estaba sudando. Caímos dieciocho metros mientras ella gritaba. Gritaba “GILIPOLLAS”. A veces el mundo es tan poco original. Hay días que no puedo levantarme del aburrimiento.

 

***

Fascinante. Una caída es mortal a partir de veinticinco metros. Lo primero que vi fue luz blanca y agua escupida de mi boca. Lo segundo que vi fue el rostro de ella. No pensé que estaba muerto, si estuviera muerto no estaría en el cielo, joder. En la ribera del río. Sentí sabor a chocolate con almendras. No había niebla. Mi cabeza se apoyaba sobre el tronco de un sauce blanco. Su camiseta estaba mojada. Mantuvimos el silencio un rato, mirando la corriente del río. Me empezaba a aburrir profundamente. Me fui.

Las cosas nunca salen como uno espera. Ya no me importaba si se hacía naturalista. ¿Me habría hecho el boca a boca? Me gustaba el chocolate. Tal vez en otra ocasión.

¿Es que no puede cambiar la ley de la gravedad? Que cambie por la noche, cuando todos duermen. Al día siguiente todos andarán orgullosos, como si no se hubieran golpeado el cráneo contra el techo de su habitación.

 

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