Relojes

Todo, dado suficiente tiempo y espacio, puede suceder. Absolutamente todo. Sí, desde sociedades tecnológicamente avanzadas de amebas, hasta sociedades donde todos sus miembros conozcan el sentido de la desesperante rutina a la que llamamos vida… En algunos universos eso ha pasado, pasará o está pasando.

Pero eso es, para mí, irrelefante, como un elefante muy pequeñito. Muy muy requetepequeñín. Yo quiero que imaginéis un universo similar al vuestro, habitado por criaturas, si queréis, como vosotros (no quiero empezar a referirme a apéndices que puede que poseáis o no)

¿Ya? Os daré algo más de tiempo. Ahora seguro que sí.

Bueno, pues en ese, en mi caso, este, universo la gente nace con un, a falta de mejor palabra, reloj puesto. Nadie sabe qué ventaja evolutiva puede suponer, salvo que nos da la hora.

Los hay que dicen que se carga con el movimiento, pero que jamás perderá precisión hasta el final del todo. Es un mecanismo increíble y fascinantemente complejo, al igual que bello. Cada una de las siete manecillas marca una división de tiempo distinta. Los niños sanos pueden perder incontables minutos viendo cómo giran las cuatro manecillas más rápidas, bailando entre sí, reflejando la luz en todas direcciones.

Es un espectáculo bellísimo y, para aquellos que lo entendemos, aterrador, puesto que nos recuerda el inevitable paso del tiempo.

Incontables poetas han intentado describir la belleza de tener algo que nos recuerda que solo hay una vida y que, al tiempo (hehe), nos hace hacernos una idea de cuánto nos queda por delante, cómo no debiéramos hacer estupideces que hagan que se paren antes de tiempo. Yo no soy un poeta. Tampoco quiero serlo. He leído muchas biografías de poetas. Las vidas de esos eternos románticos no son envidiables, aunque la mía tampoco lo es. Comparto habitación con una rata y vivo encima de un conocido laboratorio de sustancias psicotrópicas. Pero bueno, no quiero hablar o escribir de mi apartamento.

Lo maravilloso de estos relojes es que uno se puede preparar para la muerte de un ser querido, siempre y cuando nos den permiso para mirar su reloj, puesto que, como es obvio, hacerlo sin permiso es una tremenda falta de respeto. También nos da la oportunidad de poner nuestros asuntos en orden antes de emprender el gran viaje. Son muy útiles a la par que deprimentes.

Son, también, únicos para cada persona. Los hay similares, pero nunca idénticos. El mío parece estar hecho de acero, con una esfera negra. Sobrio, apropiado para galas y eventos de alta sociedad, si jamás me invitasen a ellos, no desencajaría. Tampoco llama demasiado la atención en mi vida diaria. Mi vecino (el del laboratorio) tiene uno de colores chillones con una esfera ridículamente grande. De niño era el payaso de la clase y muy popular. Con el paso del tiempo ha seguido siendo un payaso, pero cada vez menos popular con la gente. Su reloj es un aviso, pero es alguien agradable si te acostumbras a su forma de ser.

Lo único que nadie sabe es cómo se le puede dar cuerda a uno de estos aparatos. Tampoco se puede regalar tiempo a gente que lo necesite. Sería maravilloso poder comprar tiempo, aunque no sé si sería bueno. Alguien encontraría una manera de hacernos inmortales y habría increíbles problemas de población. La vida terminaría siendo como “La fuga de Logan”, pero con relojes en lugar de pilotitos.

Esta reflexión es deprimente para ambos, para el lector y para mí. ¿Qué esperabais? ¿Un final feliz? Estoy hablando de un apéndice que nos dice cuándo moriremos. Mi aguja de las horas paró hace algo más de dos días. Solo espero que el que lo lea disfrute este pequeño relato a otro mundo no muy distinto al suyo. Adiós.

Rashionalism

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