Imágenes de Jauja nº2

-¿Con qué nombre se quiere registrar en la pensión, señor Gris?

-Argirio, Argirio Gris.

-Perfecto- dijo la señora cerrando el libro de huéspedes- le acompañaré a su habitación- tras decir esto, la señora hizo algo impropio para su avanzada edad y saltó por encima del mostrador, después dirigió al señor Gris por un pasillo estrecho y sucio que desembocaba en una pequeña puerta de madera, la cual daba paso a su habitación- Bien, aquí es- indicó la señora abriendo la puerta para que Argirio pudiese entrar- siento que no haya ninguna cama, tendrá usted que dormir en el suelo… Si no es mucha molestia, claro…

-Pe… Pero si ahí hay una cama- tartamudeó el señor Gris.

-Sí… Pero la usamos como armario.

-¿Y el armario?

-Ahí duerme Fermín, comparte habitación con usted- Argirio abrió lentamente la puerta del armario y efectivamente dentro había un hombre de unos cincuenta años, algo gordo y medio calvo, en posición fetal. Fermín al ver a su nuevo compañero sólo soltó un “ñe”.

El señor Gris se enfadó por las condiciones de la habitación que acababa de pagar- ¡En ningún momento se me informó de nada de esto! ¡Esto es una falta de respeto!- pero su voz se apagó cuando comenzó a gritar la señora, el ligero enrojecimiento de su piel por la ira desapareció y volvió a su color normal, de una cierta tonalidad grisácea, su timidez había vuelto a ser exageradamente marcada, la señora continuaba gritando- ¡Por la miseria que paga creía que conseguiría algo mejor! ¡No le quedan muchas más opciones por la zona! ¡Es o esto o nada! Y si no le gusta, ¡lárguese!- la señora desapareció tras un portazo, Fermín sólo añadió “ñe”. El señor Gris dejó su maleta en el suelo y salió a comprar una revista, mientras caminaba buscando algún quiosco pensaba en qué compraría, había perdido el libro que estaba leyendo y quería algo para leer en los ratos muertos hasta encontrar otro libro que le gustase. Días antes habían hablado en el telediario de una nueva revista sobre crímenes que lo enfocaba desde un punto de vista algo técnico pero de manera que podía seguir siendo atractivo para gente que jamás había leído nada del tema. En la cabeza del señor Gris se mezclaban las palabras curioso e interesante. Por fin llegó a un quiosco cuyas paredes exteriores estaban decoradas con viejos carteles de conciertos atrasados, Argirio se acercó y se dirigió a la quiosquera.

-Perdone, tiene una revista… Emmm… No sé cómo se llama… Estoy buscando una revista de crímenes…

-¡¿De crímenes?!- se sobresaltó la quiosquera- ¡¿Y para qué quiere eso?!

El señor Gris estaba avergonzado, bajó la cabeza y su timidez se hizo patente una vez más, intentaba excusarse pero de su boca solamente salía un hilo de voz. La quiosquera le vio aspecto de persona extraña y no dudó en pedir auxilio, aquel tipo raro podía ser un loco peligroso, un vicioso o algo por el estilo- ¡Salga de mi quiosco! ¡Psicópata!- Argirio empezó a correr de vuelta a su habitación de donde no tenía que haber salido- ¡Policía! ¡Policía!- seguía gritando la quiosquera.

Al llegar a la habitación el señor Gris quiso tumbarse sobre la cama y mirar al techo, pero recordó que la cama tenía uso de armario y no de cama, así que se tumbó en el suelo, cerró los ojos y comenzó a pensar hasta que se quedó dormido. Le despertaron destellos rojos y azules, acompañados por una sirena y una voz amplificada por un megáfono, la policía había rodeado el edificio. Argirio miró por la ventana, estaba confuso y nervioso. La señora entró en la habitación hecha una furia, gritaba “¡Nunca tenía que haberle dejado entrar!”, “¡Ya me parecía usted un tipo raro!”, “¡Me va a matar a disgustos!” y cosas por el estilo, cuando se cansó de gritar se marchó con un portazo. La policía intentaba convencer a Argirio de que se entregase sin oponer resistencia, el señor Gris estaba sentado, apoyado en la pared con las manos en la cabeza sin saber qué hacer, él no había hecho nada, no tenía por qué entregarse, pero si no se entregaba… Lo lógico sería entregarse pero a saber qué mentiras habría contado la quiosquera además de que era cierto que parecía un tipo extraño… La policía seguía insistiendo.

-Salga con las manos en alto.

-No- dijo Argirio desesperado.

-Venga con nosotros o no saldrá bien parado de ésta.

-No, yo sólo acompaño a la gente que me agrada y ustedes han venido de malas maneras, así que no.

-¿Qué tengo que hacer para que salga?- preguntó el policía del megáfono que comenzaba a perder la compostura.

-Pídamelo por favor.

-Venga con nosotros, por favor- dijo el policía alargando el “por favor”.

-No.

-¡Pero si he hecho lo que me ha dicho!

-No, no ha sido sincero… Usted no me quiere bien, esa quiosquera se ha hecho una mala impresión de mí y ahora todos están predispuestos a considerarme un loco peligroso… No salgo- El policía soltó una palabrota por el megáfono, las madres que estaban cerca de la zona intentaron tapar los oídos de sus hijos. Argirio se lanzó hacia el armario, lo abrió e imploró a Fermín- Fermín, sé que casi no nos conocemos pero tienes que salir ahí y decirles que no soy peligroso… Fermín… Bueno, si no quieres al menos dime qué debo hacer… Fermín, ¡dime algo!

-Ñe.

Fringergüeber

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