El regreso

• Ni siquiera sé si fue cierto pero es cierta la manera en que yo lo recuerdo. Me dijo: hija, ven, ¿quieres café? Nunca antes había probado café ni siquiera había sido mentada a ello (sólo tenía siete años), se debía de tratar de algo novedoso para mí. Poco después entendí que lo novedoso de todo aquello era que mi madre se dispusiera a contármelo, no el café.

Tú sabes que yo de joven era comunista, adscrita al partido y una de las más activas de la organización de la facultad. Pues una noche, Mara -seguro que te he hablado de ella, éramos inseparables- y yo coincidimos con el grupo más radical de la izquierda troska en un boliche de la ciudad. Allí nos quedamos las dos prendadas de Rigoberto. Era un chico carismático, encantador, un gran embaucador y, por supuesto, era trosko. Como era tan guapo y nosotras íbamos bastante pedo no nos importó; Mara acabó acostándose con él y yo con un amigo suyo. ¿No te importa que te cuente esto, verdad?. Bueno, como iba diciendo. A mí el que me gustaba realmente era Rigoberto, me enamoré. Estuvimos varios días sin saber de él, quiero decir, que Mara estuvo varios días sin saber de él. De pronto se presentó una noche en el portal y me localizó, yo estaba en el balcón. Preguntó por Mara pero estaba al teléfono y me instó a que bajara, me dijo que era conmigo con quien quería hablar. Me confesó que él me amaba, que Mara era una chica estupenda, que no quería hacerla daño pero que no paraba de pensar en mí. Yo me ilusioné y me entregué a él. Me folló contra la pared de las escaleras del portal. Después, me contó que le estaban siguiendo, que se tenía que ir de inmediato de la ciudad. Me propuso irme con él, me prometió que nos las arreglaríamos. Aquello no tenía ningún sentido, recuerda, hija, que yo era comunista y él era trosko. Le dije que no, plañí, lloré como una vesánica. Le rogué y supliqué que no se fuera, que no era necesario. Confiaba en que se quedara en la ciudad. Yo estaba muy enamorada, me creía capaz de poder cambiarlo si se quedaba conmigo. A los comunistas no nos perseguían, podíamos haber sido tremendamente dichosos.

Desde aquel día, mis momentos de felicidad son cuestionados y referenciados por aquellos escasos minutos en los que supuse que íbamos a estar juntos para siempre.

Él, además de trosko era necio y pertinaz. Insistió en que su vida estaba en peligro y que el partido le obligaba a marchar a una comuna que tenían en un páramo cercano a Santa Fe. Nunca consideró mi propuesta. Estaba decidido. Cuando recuperé el aliento y me sequé, lo mejor que pude, las lágrimas, subimos al departamento. No recuerdo qué le contó a Mara, ni siquiera puedo asegurar que yo estuviera en el piso cuando mi amiga hizo las maletas y prorrumpió en la noche porteña con Rigoberto rumbo a un paraje desconocido pero tremendamente idílico en el imaginario de los dos. Ya lo sé, hija, que a ti te han hablado del amor verdadero y de tu media naranja. Rigoberto era especial, siempre creí que nos amaba a las dos y que las dos podíamos haberle amado (o que le amamos). Sin embargo, fue Mara quien dejó todo: la carrera universitaria, los amigos, el piso compartido… y partió. Me estoy emocionando, cariño, perdona. Ahora llega la parte en la que normalmente engaño a los demás para engañarme a mí y cuento que nunca más volví a saber de ellos.

En realidad, no tardé en recibir noticias de Mara y Rigoberto. Un amigo en común del partido me informó de que habían sido capturados y chupados al cruzar la frontera. Nuestra incertidumbre quedó diluida en el Río de la Plata. No sabemos exactamente qué les ocurrió, hijita, pero lo más probable es que desaparecieran, que fueran torturados y después arrojados, con vida a este río putrefacto que cruzamos al volver del cole, el Río de la Plata. La historia pudo haber sido distinta, quiero decir, exactamente igual pero con distinta protagonista. Si algo me salvó de aquel destino de mártir de la Patria y el Pueblo fueron mis ideales, la azarosa convicción de que valía más ser fiel a una causa que a un chico, por bien que me follara.

• Recuerdo mi turbación al oír la palabra follar (dos veces) en la voz de mi madre. Aquello, durante el trascurso de la charla, me alteró considerablemente más que la desalentadora sensación, poco a poco convertida en asunción, de que mi padre -que llevaba de viaje desde que yo tenía uso de razón- no iba a volver nunca más.

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• Ayer, entorno a la medianoche, una vecina del barrio de Puerto Madero se arrojó sobre el Río de la Plata desde el Puente de la Mujer. Varios testigos contemplaron la escena pero no fueron capaces de hacer nada por su vida, llevaba supuestamente una gran carga adherida al cuerpo y cuando se dieron cuenta de lo que pretendía acometer ya era tarde. El cuerpo no ha sido encontrado y la familia ha emitido un comunicado en el que ruega que cese el dispositivo de búsqueda. La presunta fallecida dejó una escueta nota manuscrita pegada a la valla de seguridad del puente: “Papá, por fin nos encontramos”.

El Pijoaparte

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