23 de Octubre de 1959

Alcancé la puerta en apenas dos zancadas. Era de madera oscura y sobria, con un llamador en forma de garra algo maltratado por el paso de los años. No había timbre así que lo aporreé con la fuerza necesaria para asegurarme que toda alma que pudiese resguardarse en la casa reparase en mi llamada.

Retrocedí un par de pasos y en apenas unos segundos una niña pequeña, de ojos grandes y nariz chata me abrió la puerta. Con una sonrisa engominada pregunte por su abuela. Intercambió un par de gritos con la susodicha y procedió a guiarme hasta la cocina.

-Gracias cariño, vete a jugar- pidió la anciana, mientras miraba a la niña con avidez, como si desease absorber su juventud, retroceder en el tiempo.

Dirigió entonces su mirada hacia mí, dulce, mansa y sonriente. Yo lo sabía prácticamente todo sobre ella: 89 años, viuda, dos hijos, dos nietos y una bisnieta. Y un pasado no muy claro. Me presenté y me invitó a sentarme. Una vez me dijeron que temiera a las personas mayores tanto o más que al resto de la humanidad, pues la edad no sana lo de ser un desgraciado y estas además han sobrevivido a muchos.

-Mientras me cuenta la razón de su visita, ¿le gustaría tomar algo?- me invitó con voz aborregada.

-No, muchas gracias, no me fío de usted- repliqué en acto. Su mirada se endureció al instante inquisidora, desapareciendo todo rastro de abuelita tierna, a lo que contesté- 23 de octubre de 1959.

-Creo que no le termino de comprender-murmuró sin mover una sola de sus arrugas.

-No me interesa para nada el aspecto legal, ya ha prescrito. Lo que quiero saber es cómo lo hizo para que nadie nunca haya levantado un dedo contra usted.

Su voz dejó milagrosamente de temblar, y su mirada, más que dirigirse a mí, me atravesó.

-Las cosas casi siempre son iguales. La mayoría es incapaz de levantar la mirada de su propio ombligo, creer lo que no le conviene, enfrentarse a lo que no le es cómodo. No se me vio como responsable, porque no era conveniente que lo fuese. Ya lo sabrá usted, pero yo no hubiese caído sola. Me alegro que acusasen a alguien que nunca apareció. Y ahora si no le importa meta su cabeza en su ombligo y váyase de aquí.

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