Implosión Visceral o la inspiración de Rimbaud

Joder, vaya día de mierda. Metí la llave en la cerradura por inercia y dejé que se abriera la puerta del estudio. La rutina, la maldita rutina de todos los días. El despertador, el traje, sonreír frente al espejo, un café con los compañeros del curro, chistes fáciles, el cigarro de va-a-ser-un-buen-día, papeles, un Excel, la comida, las miradas a la secretaria buscando algo que decir, un par de llamadas, el cigarro de ha-sido-un-día-duro, volver a casa, ducha, cena, una paja y a dormir. La clave para dejarse morir lentamente, para que por cada día vivido se resten tres de tu cuenta atrás. Vivir es mucha palabra para tan poca cosa.

Cabizbajo, entré y dejé los zapatos junto a la puerta, la chaqueta en el armario de la entrada, las llaves en el primer cajón. Como si el tiempo no pasase aquí dentro. Al fondo, un ventanal por el que entraba el vago reflejo de la luna de octubre, y debajo, sobre la cama, como fundida en la escena, estaba ella desnuda. Tumbada de perfil y dejando que su silueta se dibujase en la pared. “¿Qué haces aquí?” No obtuve respuesta. Di un paso hacia adelante. Joder, no puede ser real. Hacía meses que no la veía y ahora, no sé cómo ni por qué me esperaba en la cama. Como si el tiempo no pasase aquí dentro. Como si las tardes de pastillas y psicólogo no hubieran existido nunca, y fuésemos quienes fuimos. Empecé a desnudarme, supuse que sería el ritual, otro juego más de su retorcida mente, el de hacernos pasar por extraños y follarnos sin mediar palabra. Me acordé de sus manos, de cómo sus finos dedos paseaban por mi piel y cómo me agarraban con fuerza. Se colaban por mi pelo y arañaban mi espalda; tenían afición por mi bragueta. Decía que le excitaba calentarme y me acariciaba con un movimiento constante y rápido. Me estampaba contra la cama y antes de querer darme cuenta, me había hecho suyo entre sus manos. Siempre tenía los labios pintados de rojo y la lujuria en la mirada. Sus labios… sus labios eran un don. Me besaba y lamía el cuerpo mientras me tocaba y luego me la chupaba mirándome a los ojos y jugando con su lengua y sus manos aún agarrándome y sus labios se movían cada vez más rápido y más al fondo y eran tan húmedos y yo sentía que me iba y le pedía que parase, por favor, quiero follarte, déjame metértela, me abalanzaba sobre ella y con una media sonrisa me empujaba de nuevo sobre la cama y se ponía sobre mí. Su pelo cayendo sobre un lado mientras me cabalgaba, su cadera bailando en círculos sobre mí, sus manos sobre mi pecho, sus tetas moviéndose al ritmo. Por instinto, con mis manos en sus caderas le di la vuelta y empecé a entrar y salir más y más rápido, ella gimiéndome al oído, te deseo, -jadeo- me voy a correr, y yo fuera de mí manoseaba su cuerpo sin cuidado, la ponía a cuatro patas y la embestía cada vez más fuerte, cada vez más al fondo, tapándole la boca para ahogar sus gemidos hasta terminar en ella. Cerré los ojos…

…y ahora la volvía a tener delante. Me acerqué y me senté en el borde de la cama, acariciando la piel de su espalda. Yo estaba ardiendo, y ella helada. Me incliné para besarla y no lo hice. Quieto, sin poder moverme, sin aliento, me quedé mirando hacia ella. Era como si toda la sangre que me faltaba en la cabeza estuviese ahora esparcida en el colchón. Tenía dos agujeros rojos en el costado derecho *.

*Traducción del último verso de Le dormeur du val, Arthur Rimbaud.

Pi

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s