Memoria de ojos azules (3er Premio del IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio)

3er PREMIO DEL IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio

El viejo café de la esquina es precisamente eso, un viejo café situado en una esquina de Madrid, al final de una estrecha y oscura calle con varios portales a pisos pequeños, con un rótulo lleno de polvo en el que se lee “ Café Euterpe” en un color que algún día fue rojo. Es un café en el que aún huele a tabaco negro y a blues, aunque hace años que nadie toca un acorde dentro. El dueño y único camarero, un hombre de unos sesenta años, te cuenta orgulloso cómo hace años, cuando la música la componían corazones, el café se llenaba de gente a escuchar música en directo con un café o una cerveza en la mano. Pero ya no, lo único que queda de eso es una pared llena de fotos en tonos sepia de algunos de los músicos que pasaron por allí. Las oscuras mesas metálicas languidecen pegadas a las paredes y las sillas negras de madera empiezan a perder el color. Pero el Café Euterpe no cierra. Y es ahí donde cierta alma viajante llega a su punto de inflexión.

Nacho es cliente asiduo del café. Veinte años, dejó de estudiar una carrera que no le llenaba para dedicarse a la música. Armado con una Strat de segunda mano, se fue de casa de sus padres a buscarse la vida como pudiera hasta que lo de componer funcionase. No funcionaba. Vivía de hacer chapuzas en uno de esos pequeños pisos cercanos al café, y cuando no trabajaba o intentaba componer algo, iba al Euterpe a tomarse una cerveza negra a despejar sus ideas. Y pasaba mucho tiempo despejando ideas. Casi todas las noches se le podía ver sentado en una mesa cercana a la barra, mirando fijamente su vaso, como si la respuesta a todos sus problemas se encontrara más allá del cristal, en otro plano que él no llegaba a ver.

La noche en que su vida cambió era una noche común, nublada y fría de diciembre. Nacho entró en el Euterpe saludando al dueño mientras se quitaba su chaqueta de cuero (otra de las escasas cosas de su propiedad que valoraba de verdad) y echaba un vistazo al viejo lugar. Dejó la chaqueta en su mesa y recogió la cerveza que el camarero ya le había servido sin que dijera nada. Asintió agradecido, se sentó y dio un largo trago. Después se quedó mirando fijamente sus manos, intentando sacar algún orden coherente a las notas que flotaban en su cabeza, afanándose por componer algo en su mente que mereciera la pena por una vez en su vida.

Tan concentrado estaba que no vio llegar a la chica. No era muy alta, vestía de cuero, muy heavy, y su pelo negro le llegaba por debajo de los hombros. Sus labios eran gruesos pero suaves y sus pestañas largas como un vibrato. Saludó con un gesto al camarero y se sentó en la barra. Tardó unos segundos en fijarse en Nacho, que seguía absorto en sus pensamientos. Pidió una cerveza, rubia, y cuando la tuvo entre las manos, se dirigió a la mesa donde estaba Nacho y se sentó sin decir palabra. Nacho levantó la vista despacio hasta cruzarla con la de ella y sintió una descarga eléctrica que recorrió todo su cuerpo. Los ojos de aquella chica eran azul hielo, penetrantes como una aguja de cristal, pero a la vez tranquilos y agradables. A Nacho se le había secado la garganta, de modo que dio un trago a su cerveza antes de hablar:

– Eh… Hola

– Hola, ¿ qué tal?- respondió ella esbozando una sonrisa que dejó ver unos dientes blancos y perfectos. Nacho se perdió durante un segundo en esa sonrisa de labios sensuales y cuando volvió en sí buscó en su mente las palabras que se habían escapado de su vocabulario.

– Ah, eh, bien, gracias. ¿ Y tú? Me llamo Nacho.

– Eva. Espero que no te importe que me siente aquí, pero ya que somos las dos únicas personas aquí aparte de Martín, creo que no estaría mal charlar un rato. – Eva dio un pequeño sorbo a su vaso mientras clavaba su mirada en Nacho.

-¿Martín? Qu…- Nacho pasó la vista por el café hasta ver al dueño y se sintió estúpido-Ah, sí. Supongo que sí.

– Eres músico.- No era una pregunta. De hecho, parecía una sentencia.

– Lo intento, a decir verdad. – respondió él.- Eso pretendía ser cuando me fui de casa, pero la realidad me ha abofeteado bien.

-¿Por qué dices eso? – preguntó Eva bebiendo de nuevo.- ¿No tienes donde tocar? ¿ O andas falto de ideas?

-Lo segundo. Lo cierto es que no soy capaz de componer absolutamente nada, Eva.- Nacho se preguntaba qué hacía contándole aquello a esa chica que no conocía de nada, pero su mirada lo tenía hechizado.- Me paso mis días trabajando y mirando mis pentagramas en blanco esperando una iluminación que nunca llega. Y cuando no puedo más, vengo aquí a despejarme. Vivo frustrado por mis limitaciones, ¿sabes?

-Creo que sé lo que quieres decir. He conocido a varias personas parecidas a ti.- Asintió ella, grave. Se apartó con suavidad un mechón azabache que le había caído sobre la cara y se inclinó sobre la mesa.- ¿ Y por qué esa obsesión por componer? ¿Por qué te empeñas en crear cuando puedes ganarte la vida versionando otras composiciones? Sería una forma igualmente buena de ganarte la vida con la música.

Nacho miró su cerveza, intentando encontrar la respuesta entre la espuma que poco a poco desaparecía en la negrura del vaso.

– No se trata de vivir de ello.- Dijo finalmente – Podría seguir viviendo de las chapuzas o de cualquier empleo de mierda que me surgiera y seguiría intentando componer. No, no se trata de vivir de ello. – levantó la mirada hasta mirar los ojos helados de Eva que lo observaban, expectantes. – Se trata de que no quiero mirarme las manos un día- continuó mientras lo hacía con los ojos muy abiertos, como si la idea le aterrara- y sentir que voy a desaparecer sin más. Abandonaré este mundo y quizá un par de meses tras mi poco concurrido funeral por fin la gente me olvide. El tiempo borrará mi rastro sin que ello le suponga ningún esfuerzo.

Se quedó callado mirando fijamente sus manos. De la sensual boca de ella no salió una palabra. Eva tan sólo observaba. Tras unos segundos que parecieron horas, Nacho apretó los puños y miró sus nudillos. Esbozó una mueca que podría tomarse como una sonrisa y dijo, como para sí:

– Quiero dejar algo en herencia al mundo. No quiero ver mi vida reducida a un mero camino a la muerte, Eva. Quiero crear algo para el mundo, que la gente escuche lo que he compuesto para ellos y me recuerden con el cariño con el que se piensa en quien te ha hecho un regalo. No se trata de dinero o fama. Se trata de llegar a todo el mundo de la única forma que me es posible. Con mi corazón, mis manos y seis cuerdas.

Eva meditó durante un par de minutos dando pequeños sorbos a su cerveza, y después preguntó otra cosa. Y luego, otra. Y otra. Ella preguntaba y él contestaba a todo. Nacho descubrió que le era muy fácil hablar con aquella extraña chica de pelo nocturno, ojos helados y labios de soul. Pidieron más cerveza y, cuando Martín les dijo que iba a cerrar, decidieron seguir la conversación en el piso de Nacho. Entraron en el diminuto piso, que apenas tenía cocina, baño, una pequeña sala y una habitación y entraron en esta última a seguir hablando. Lo único que había en la habitación era una cama, una ventana, una guitarra apoyada en la pared y una mesa a punto de romperse sobre la que había un gran montón de hojas llenas de pentagramas, letras y garabatos de frustración. Completaban el decorado un armario minúsculo y una bombilla que colgaba del techo milagrosamente sujetada por un par de cables.

La conversación se prolongó durante varias horas, tras la ventana sólo se veía la luz reflejada por la luna. Pero Eva y Nacho hablaban, ella preguntaba y él contestaba. De vez en cuando, uno de los dos bromeaba y seguía el batallón de preguntas. Fueron acercándose poco a poco, hablando cada vez más bajo hasta que las preguntas y respuestas se las hacían en susurros. La tenue luz de la bombilla iluminaba sus rostros, casi pegados y conectados por la mirada oscura de él y la mirada helada y profunda de ella. Una mano tímida se alzó, una caricia suave seguida por otra. Susurros que se apagan para dejar paso a dos respiraciones cada vez más alteradas. Un beso con sabor a jazz y a guitarra solista. Otro beso, seguido de más caricias. Nacho le quitó la ropa a Eva mientras su boca buscaba la de ella y sus cuerpos se apretaban el uno contra el otro. Las caricias de Eva eran suaves pero intensas, con un efecto mucho más allá de lo físico.

Nacho apagó la luz y observó la figura desnuda de Eva recortada contra la tímida luz de la luna. Parecía casi sobrenatural, su pelo negro brillaba y Nacho estaba seguro de que podía ver el azul hielo de sus ojos clavados en él. Se tumbaron en el triste colchón del músico, presa de una fuerza salvaje y todo fueron sensaciones. En la mente de Nacho se confundían las imágenes de Eva desnuda sobre y bajo él, sus palabras suaves susurradas al oído y sus labios con sensaciones más allá del sexo. Un saxo en éxtasis, un piano desbocado mientras una guitarra gime acompasada con Eva. Percusión en los oídos de Nacho, una voz de mujer sensual cantando sobre el amor tras una cortina de humo. Una armónica acariciando las curvas de ella, más guitarras haciendo el amor a Eva. Cercano al orgasmo, el interior de Nacho es un mar embravecido. El crescendo del blues en sus venas no cesa y cuando termina, abrazado a Eva y con la cara enterrada en su pelo, las guitarras, el saxo, el piano, la armónica y la percusión se funden en una gigantesca explosión que nubla por completo la mente Nacho, que pierde el sentido. Lo último que ve, antes de que su vista se llene de lucecitas, son dos ojos azul hielo mirándole el alma y el corazón.

Por la mañana, se despierta sobresaltado. Cuando comprende lo que acaba de vivir, se gira en busca de Eva. No está. En su lugar, un montón de papeles descansan sobre la cama. Cuando Nacho los mira, se reconoce a sí mismo en las partituras. Echa un vistazo a la habitación: El suelo, la mesa, la cama las paredes, todo está lleno de pentagramas hechos toscamente a bolígrafo. Y en su cabeza escucha cada nota y todas encajan con la suavidad con la que limpia la caja de una guitarra. Nacho no comprende absolutamente nada y busca a Eva en la cocina, en el baño, en la sala. Ella no está. Busca una carta de despedida, algún signo de que pudiera haberse marchado mientras él dormía, pero no ve nada. Abatido, como cada mañana, se mira las manos. Llenas hasta las muñecas de tinta. Y no recuerda haberse puesto los pantalones. Ni haber hecho la cama tras deshacerla con Eva. Y, por alguna extraña razón, las yemas de los dedos de su mano izquierda sangran. Nacho vuelve a su habitación, llena de composiciones y mira su guitarra. El mástil tiene gotas de sangre seca y a la guitarra se le han roto dos cuerdas. Piensa en dos ojos azules y en el Café Euterpe. Y, sonriendo, empieza a pasar a limpio sus obras.

Howl

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