Los versos que me acercan a ti (2º Premio del IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio)

2º PREMIO DEL IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio

Londres no era una ciudad para poetas. Mi padre solía decir que la humedad emborronaba la tinta y estropeaba el papel, y que las señoritas encontraban incómodo pararse bajo la lluvia a escuchar unos versos sencillos. Por lo menos la mayoría.

Él me dijo que ser poeta era el eufemismo con el que los perdedores que se dedicaban a escribir se denominaban así mismos. Sé que mi padre hubiera estado orgulloso de ver al gran perdedor en el que me había convertido: los padres siempre quieren ver en sus hijos una imagen de ellos mismos.

Vivía en el ático de un viejo edificio de madera del centro de la ciudad. El siglo XIX era tedioso, el Támesis cada día estaba más envenenado y la compañía de teatro a la que le escribía guiones cada vez tenía menos público. Esperaba con ansiedad el día en el que me dijeran que se marchaban de la ciudad: ni por mil libras hubiera abandonado Londres… y eso me dejaría sin ingresos.

Londres. No eran sus fachadas grises ni el sol tímido enamorado de la niebla lo que me retenía en el lugar en el que nací. Eran sus tesoros.

La primera vez que oí hablar del primer tesoro fue a la mañana siguiente de la muerte de mi madre. Yo era muy joven, y desde que ella cayera enferma mis ganas de vivir parecían esfumarse al mismo ritmo que sus fuerzas para luchar contra las fiebres. Aquél día fue soleado, triste ironía de la vida.

Caminaba al lado de mi padre de vuelta a casa el día de su entierro. Las lágrimas me empañaban los ojos y no veía ni mis propios pies. Nos cruzamos con un hombre al que mi padre saludó. Yo no le conocía de nada, pero empezaron a hablar. Al principio no hice mucho caso a la conversación hasta que oí a mi padre decir una cosa…

-… Si bueno, ya sabes lo que dicen por ahí, la suerte está para quien la encuentra. Lo cierto es que encontrar el tesoro sería magnífico. Pero claro… ¡Habría que ser muy valiente para intentar buscarlo! … Entrar en el cementerio

Eso pareció sacarme parcialmente de mi tristeza. Una vez en casa comencé a interrogar a mi padre sobre el asunto del tesoro. Le pedí que lo buscáramos y él se reía.

No es dinero, son documentos… documentos importantes. – Amagaba una sonrisa mientras terminaba de cenar.

Con el tiempo, esos documentos tan valiosos dejaron de tener importancia en mi mente y quedaron perdidos en el fondo del baúl, a la espera de volver a ser encontrados.

El año en que murió mi madre yo tenía quince años y una palabra que me rondaba la mente sin descanso ni fin. No era una palabra, era un nombre. Era el nombre del otro tesoro de Londres: Cassandra.

Eran esas nueve letras las que llenaban versos y versos de mis poemas. Podía decir que sus manos eran suaves como la mejilla de un bebé y que sus ojos eran tan azules que podías nadar en ellos, pero nada sería cierto. Cassandra era mucho más de lo que las palabras podían expresar. No existían metáforas hechas a su medida.

Aún recuerdo sus ojos sobre los míos por primera vez.

Yo tenía trece años, ella doce. La iglesia del barrio había realizado una colecta entre los vecinos con el objetivo de celebrar la Navidad todos juntos, y que así ninguna familia se quedara sin el calor de una chimenea en ese día.

La niña se sentó a mi lado durante la reunión. A mi derecha. Tuve dolor de cuello durante una semana por la tensión de mirar justo al lado contrario.

Mi padre me preguntó en varias ocasiones que por qué le estaba mirando a él. Al salir de la parroquia se lo dije. Él no pudo parar de sonreír durante varias horas. Incluso días después se le escapaba alguna risita.

Descubrí que era la única hija del nuevo dueño de la taberna. Decidí pasearme por allí de vez en cuando. Siempre pedía cerveza inglesa, y como no me gustaba su amargor la bebía a grandes tragos, y entre trago y trago inspeccionaba alrededor por si veía a la niña de los ojos azules.

Mis posibilidades de hablar con ella eran nulas. Pocas veces Cassandra estaba en la taberna, y si por algún casual la veía, ella observaba a la clientela desde detrás de la barra con aspecto aburrido. Si nuestras miradas se cruzaban ella la apartaba más rápido que yo.

Mi familia no tenía dinero. Mi familia no tenía un negocio. Mi padre repartía periódicos y hacía muebles baratos. Yo nunca estaría con ella. Y así se lo dije a mi padre. Él me miró con seriedad pero no dijo nada: creo que me comprendía.

Tres años después de la muerte de mi madre mi padre también falleció. Los médicos dijeron que había sido por intoxicación debido a los productos químicos que utilizaban los trabajadores para teñir las telas de la fábrica en la que había conseguido trabajo unos meses atrás.

Estaba solo en medio de una ciudad que no comprendía mis aspiraciones, de una sociedad que me apartaba de mis sueños y de un destino que me separaba trágicamente de mis seres queridos. Necesitaba encontrar el tesoro de Londres.

El tesoro de Londres estaba en el cementerio y no sabía exactamente dónde. La cuestión era que precisamente por estar en el cementerio la labor de búsqueda era mucho más complicada. ¿Estaría enterrado en la tierra? ¿Estaba dentro de alguna tumba? ¿O quizás escondido bajo alguna losa de algún panteón familiar marmóreo? Decidí buscar información en los libros.

En la Biblioteca de Londres había cientos de ejemplares que hablaban sobre los tesoros de Londres. Metafóricamente, claro. Sólo encontré una veintena de ejemplares que hicieran insinuaciones sobre un hipotético tesoro escondido bajo los antiguos túneles que recorrían la ciudad. Ninguno situaba ningún tesoro en el cementerio.

El día en el que me tendría que marchar de la ciudad se acercaba. Era marcharme con el grupo de teatro a probar suerte a otra ciudad, buscarme otro grupo de teatro o alguien a quien le interesaran mis historias, o empezar a trabajar en alguna fábrica: se necesitaba mano de obra para trabajo precario. Marcharme de la ciudad era renunciar a Cassandra. Podía vivir cerca de ella sabiendo que nunca la iba a tener, pero al menos mis esperanzas, firmes pilares en los que se asentaban mis sueños, seguirían intactas.

Empecé a visitar con frecuencia la tumba de mis padres. Era tonto, pero me hacía sentir reconfortado: creía firmemente que ellos me escuchaban.

En una de mis visitas descubrí lo que cambió mi vida.

Llovía, y el suelo estaba embarrado. Curiosas casualidades de la vida, el destino quiso que me resbalara al acercarme. Había caminado con cuidado, pero aun así el terreno cedió y metí el pie en un enorme charco. Caí de culo cuan largo era.

Había destrozado uno de los tres trajes que tenía. Enfadado, di un fortísima patada al barro que había al lado del charco, y mi pie chocó contra algo duro.

Intrigado, cavé con las manos y saqué una caja de metal. Estaba cerrada con llave, pero la reconocí al instante: durante años había estado guardada en armario de las sábanas limpias. Pertenecía a mi madre.

Sintiéndome como un ladrón, cogí la caja y me la llevé a mi diminuto ático de madera. No me costó ningún esfuerzo abrir el pequeño candado de metal oxidado.

Debo reconocer que me sentía dividido: no sabía si era correcto indagar en esas cosas después de tantos años, pero por otro lado, estaba completamente seguro que ése era el “tesoro del cementerio” que tantos desvelos me había causado. Mi padre quiso que yo lo encontrara, a pesar de que ésa caja era el mayor tesoro de mi madre.

La caja tenía un paquete envuelto en telas. Lo desenvolví con cuidado. Al sacarlo cayó un pequeño papel al suelo. Lo recogí y lo leí.

Querida Anne:

Dudo que jamás sea capaz de hablarte,

así que déjame escribirte.

Te quiero

Alexander

Cuando vi el paquete pensé que eran cartas. No, no eran cartas, eran un puñado de secretos. Los secretos de mi padre y de mi madre.

Las leí todas. Me sentí como un intruso, reviviendo recuerdos que no eran los míos. Algunas cartas tenían la tinta corrida: mi madre había llorado al leerla. En otras la letra era irregular: el tembloroso pulso de mi padre al escribirlas.

Eran años de amor a escondidas, cuando mi padre era un poeta perdedor al que le fallaban las rimas cuando el corazón saltaba desbocado en su pecho, y mi madre la hija de un tendero que vivía al otro lado de la ciudad, cuando las miradas sobrepasaban los límites de la decencia y saltaban el Támesis, sobrevolaban las chimeneas y se depositaban en los labios como tiernas caricias.

Ya sabía que nunca me iría de Londres. No sin mi chica de los ojos azules.

Y no dudaría en escribir un millón de versos, uno por cada beso que aún no le había dado, si pudiera recordar para siempre en mi mente su mirada al decirme que me quería.

Londres no era una ciudad para poetas, pero para mí siempre lo sería.

The Forgotten

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