Andanzas de un cazador al óleo (1er Premio del IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio)

1er PREMIO DEL IIIer Concurso de Relato Corto AwA-Kilowatio

No es que haya viajado mucho en mi vida, pero sí que he conocido a muchas personas. Sobre todo, he oído muchas conversaciones, aunque en ninguna fui interlocutor. Mi vida transcurre entre cuatro piezas de madera no demasiado ornamentadas y una gran escena de cacería sobre lienzo. Podría decir que mi mundo es una ventana hierática, a través de la cual ves una realidad construida e inamovible: Soy uno de los cazadores de un cuadrado. El par de perros que sujeto no son demasiado parlanchines, y pocas veces les he oído ladrar. Tampoco mis compañeros de cacería son muy simpáticos, de hecho están más ocupados en mirar al pato que escapa y a la liebre que salta. Ellos nacieron para ello. Sin embargo, a mí me hicieron distinto, y observo (y escucho, me dibujaron con pequeñas pero agudas orejas) a los que miran desde el otro lado del cuadro.

Mi más tierna infancia discurrió en un taller de Holanda. Recuerdo el olor de los barnices, de la madera, del sudor de los aprendices del maestro. Él me miró un par de veces, y sé que las montañas y el primer boceto a carboncillo lo hizo él. Sinceramente no me agradaba mucho. Era gruñón, un poco maniático con los colores. Siempre empeñado en cubrir como de musgo todo. Mi verdadero creador fue un jovencito que estaba aprendiendo la anatomía humana y sus múltiples posturas. No me he aventurado más allá de mi pequeña parcela del bosque, pero estoy seguro de que a mí me tuvo cariño. No me dibujó con una postura que cansara, algo que le agradezco eternamente. Y lo más importante, hizo que mis ojos miraran al que está “más allá”, aquellos humanos que no son del cuadro. Soy pequeño y estoy entre ramajes, así que supongo que fui una mera travesura. Fui de lo último en hacerse en el cuadro, y hasta muy al final no tuve ojos, pues esos detalles se postergaban. Lo primero que fui fue una mancha inarticulada de color amarillo claro.

Más adelante fui comprado por un hombre de negocios de la pequeña burguesía de Amberes. Quería un cuadro para su salón de recepción que no resaltara demasiado con el inmobiliario. Supongo que un tema de caza era algo elegante y masculino, y no tan presuntuoso como un retrato familiar o uno de esos bodegones llenos de fruta, plata y patos abiertos por el vientre, que os aseguro son presuntuosos y se creen más de lo que son. Podría decirse que mi dueño era austero dentro de la vida que había que llevar en aquel tiempo. Muchos pasaron por el salón, y muchas conversaciones oí al lado del fuego. Algunas eran cordiales y cálidas, como las del señor y sus amigos. Otras fueron curiosas y secretas, como las de su hija y el hijo del mayordomo. Algunas fueron bastante maleducadas, como las de un tipo lleno de pieles y horrendas calzas aterciopeladas que vino a insultar la casa y de hecho decir que mi cuadro era “mediocre hasta para una sala ya pobre”. Como veis, a lo largo de los años comencé a entender la naturaleza humana. Descubrí que tenían momentos tiernos y de naturaleza noble, como los que compartían el señor y su esposa, dama un tanto nerviosa pero de buen corazón.

Más adelante comprendí, con pena, que las personas no tardan en olvidar a los que antes querían si les conviene hacerlo. Los nietos de mi primer comprador decidieron apartarme del salón, muy a pesar de su abuela, y me vendieron. Así comenzó una temporada penosa de mi vida, en la que fui encerrado en un húmedo sótano en el que perecieron por hongos algunos de los otros cazadores. Fui olvidado largo tiempo y conocí seres de otro tipo de cuatro patas y de chillidos agudos y amenazadores en la oscuridad. Yo ya era adulto, pero el miedo de cualquier pintura a la desaparición se apoderó de mí. Finalmente, y tras varias casas no muy amables (pero sin asquerosos sótanos) hice largos viajes. Estuve enrollado bruscamente y llegué a un lugar más o menos acogedor. Tuve que aprender otro idioma pero valió la pena pues el hogar era mucho más interesante. No tenía demasiado cariño a mis dueños nuevos, que eran algo escandalosos y les gustaba demasiado alardear de lo que no tenían (sé de buena tinta que pasaban hambre a menudo pero a los invitados les ponían pavo asado en bandejas de porcelana china). Sin embargo, escuchaban atentamente un aparato de aspecto rudo que hablaba y hablaba sin parar, con cientos de voces distintas. Contaba cuentos, decía noticias del mundo más allá de la habitación y que yo sólo conocía parcialmente, cantaba triste y gritaba de alegría. Era un personaje, la verdad. Asustaba al principio su histeria, su esquizofrenia aguda, y no daba mucha confianza porque tan pronto tenía una opinión como otra contraria, a veces pronunciada por la misma voz. Pero me abrió toda una tierra desconocida de sonidos, de olores, de paisajes y de sueños que jamás he sentido, ni oído, ni visto, pero imagino con pasión y admiración.

Un día los dueños estaban realmente agitados. Hacían maletas, tiraban libros, y callaban y apagaban la radio cuando venían los niños. Escuché entre susurros que había una guerra. Sin duda, lo que más miedo daba de la guerra (algo que nunca había vivido ni sabía qué pasaba en ella) era la inquietud de la gente, los gritos de la radio, los militares que entraban por la puerta y aseguraban que a mi familia nada les iba a pasar por su noble origen, pero que mejor se fueran un tiempo de la casa. Esos hombres eran amenazantes, como máquinas espantosas, y también lo eran los que tiraban piedras y rompieron los vidrios de la terraza y querían justicia para la clase obrera. Los dueños partieron con sus dos hijos pequeños y maletas de ropa y no los volví a ver.

Mi vida fue muy extraña esa temporada. Fui olvidado junto a varias porcelanas cursis que no hablaban ninguno de mis dos idiomas, y una alfombra anciana y llena de polvo que no dejaba de toser porque tenía asma. Por el salón pasaron hombres sucios muy enfadados, que desmontaron la araña del techo y se la llevaron. Varias parejas con muchos niños se metieron en la casa e hicieron una hoguera que por poco hace que nos ahogáramos todos. Estuve mucho tiempo de color oscuro, casi invisible. Pero no les guardo rencor. Se les veía temblorosos y asustados. Los niños no dejaban de llorar y los padres tenían una cara alargada y huesuda, pero ante todo una mirada que no olvidaré, y eso que he visto muchas. Escuché ruidos como truenos que anticipaban gritos de pavor y llantos, y también una lluvia de sonidos escalofriantes y metálicos que preconizaba la caída de un cuerpo que profería alaridos unos segundos antes. Después de un tiempo, había una quietud alrededor como de tumba, como la sensación que da el conejo que uno de mis compañeros agarra de las patas y posee unos ojos opacos y fijos. Pensé que todo había acabado para mí, pero una noche una señora muy delgada y vestida de negro entró con una vela y me echó el ojo con el ceño fruncido. Al día siguiente, varios individuos vestidos de traje y con libros y papeles en las manos estudiaron el cuadro de arriba abajo, midieron y limpiaron un poco con un pañuelo la superficie, y unas horas después y tras darle a la señora unas monedas que le provocaron una desdentada sonrisa, fui llevado a otro lugar.

No negaré que fue un importante cambio para mí. El nuevo lugar me encanta y llevo muchos años de tranquila felicidad, sin sobresaltos. No es que el mío sea un cuadro muy importante pero eso me gusta. Sé muy bien que algunos viven acosados durante todo el día por todo tipo de gente que les molesta con fogonazos de luz y que tienen unos ánimos muy subiditos. Los compañeros de sala no son muy sociables pero nos hacemos compañía, como las parejas de ancianos que pasan ante nosotros. Puedo alardear de que por delante de mí han andado personajes destacados y que incluso una vez un Papa me miró de reojo antes de ir a ver la famosa sala del tal Rafael, que se ve que vive un poco más allá de mi pasillo. He visto a mucha, mucha gente, que no siempre me ha visto a mí. Los que más se detienen en los prados de mi cuadro, en los perros, caballos y hombres barbudos y abrigados, son los niños. Señalan con ojos muy abiertos y hacen sonidos de animales, antes de que sus padres digan venga cariño o venga cielo, que no tenemos mucho tiempo y quiero enseñarte los que tienes que conocer. A pesar de este trato de indiferencia por la mayoría, lo que a mí más me llenan de alegría son los jóvenes que vienen y describen a otros, no siempre en idiomas que comprenda, cómo es mi mundo, por qué es así, por qué en verdad es hermoso en su digna humildad. No descubren mi persona muy a menudo, pero siempre arranco una sonrisa, o una graciosa expresión de sorpresa cuando nuestras miradas se encuentran. Y es que he comprendido que uno nunca deja de sorprenderse con el mundo que le rodea, siempre que esté dispuesto a descubrir.

P. Holmes

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