Algo que decir

La situación es la siguiente: Llevas 103 minutos de clase seguidos y desde hace unos 45 no eres capaz más que de escuchar la serenata que te está cantando con sentimiento tu estómago. Los de detrás llevan 5 minutos moviendo solidariamente sus sillas para ver si el ruido persuade al profesor  y el buen hombre se percata de que la clase tendría que haber acabado ya. Al fin se da por vencido con un “Anda, iros ya” y nos dirige una mirada en la que es consciente de haber sido oído durante la clase, pero en la que no hay seguridad de haber sido escuchado.

Procedo entonces a correr hacia mi taquilla, una de esas añejas del primer piso, de las que han sido marcadas por las inquietudes artísticas de sus múltiples dueños, para sacar de allí cualquier cosa comestible con la que calmar esos rugidos guturales.

Pero no. Precisamente apoyados sobre ella hay una pareja de estas que surgen como setas, o no, mejor de las que abundan por los pasillos, ya que, como salimos poco de esta santa casa no nos queda más remedio que juntarnos entre nosotros. El roce hace el cariño.

Finalmente decides que cuando paren a coger aire, porque en algún momento tendrán que respirar, atacarás con un “perdonad” consiguiendo así que se trasladen dos taquillas más allá y que el problema pase a ser de otro. De este modo te diriges con la boca llena y esquivando a otras parejas de tórtolos a tu próxima clase, creyéndote al fin a salvo de tanta hormona en suspensión.

Pero no. Porque empieza la clase y allí están ellos en segunda fila, con los ojos brillantes, mientras la mano de ella se aproxima a la nuca de él y la cara de él al cuello de ella. Resumiendo, las manos van al pan, con destreza, de modo que el profesor no se percate. Miras entonces al de al lado y os preguntáis qué pueden tener de románticas las ecuaciones de Euler-Bernoulli, mientras de las filas de atrás surge la proposición de hacer una colecta para un motel. Inviertes entonces el máximo de tus recursos en tratar de no ver más de lo estrictamente necesario para copiar lo que está en ese lado de la pizarra y los que los tienen justo delante dirigen miradas de auxilio al reloj.

No es que esté en contra del amor que flota en el aire, de verdad, pero chicos, que sea cosa de dos y no de ochenta.

Caballo sin Nombre

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