El café del centro

Abro los ojos de nuevo, pestañeo, alzo la mirada, miro al horizonte y respiro. Una cerveza bien fría cuando pueda, por favor. Mientras, atino el objetivo, admito que mis fantasías no suelen estar plasmadas con frecuencia, pero no es porque no lo intente, es que no lo consigo. Con la cámara, fijo un punto cerca del techo, donde las flores rojas de plástico parecen flotar sobre un pequeño saliente lleno de mugre y roído por el tiempo. Por fin llega la bebida; me empapo con ella los labios, y luego, paso lentamente mi lengua sobre ellos. Mmm… qué satisfacción, está realmente fría, tanto que me provoca un pinchazo en la cabeza, tanto que podría cortar el aliento. Oigo, de fondo, un murmullo que busca consuelo, es poesía, o eso creo, a estas horas ya no estoy seguro de nada. Si lo que escucho es poesía, entonces el dueño de la lírica debe ser un poeta, ¿no? Pero, me pregunto quién se encarga de clasificar nombres entre aptos y no aptos. ¿De qué sirve? Y tú, que mueres en la oscuridad de un candelabro, vas perdiendo tus pétalos cada vez que sale el Sol. He de admitir, que  algunos merecen la etiqueta. Y entonces me viene a la mente el recuerdo del joven artista al acercarse a su fin, cuando su mayor objetivo era el de peinarse como aquellos grandes hombres de la época clásica, sí, como Mozart, o Vivaldi, o alguno de esos nombres que suenan tan lejanos; su mayor deseo, era entonces dejarse crecer los últimos cabellos que tenía, para poder recogérselos y darse un aire… literario.

Son tres euros, aquí tiene, muy amable. No dejo propina, supongo que entenderá que mi bolsillo tiene algún que otro agujero este mes. Me levanto, cojo mi cámara, guantes, me enfundo en mi abrigo de piel, y salgo a la calle. El viento me azota en la cara, y me grita aquellas palabras que tú susurrabas. Ahora lo entiendo, no era más que un aviso de que te ibas. Me mentiste, nos mentiste a todos, tú sabías que tu partida estaba cerca, que el tren salía con destino el vacío, a la mañana siguiente. Saco del bolsillo un cigarrillo. ¿Tiene fuego? Gracias. Fumar de noche en la calle es satisfactorio; y qué si pierdo siete malditos minutos de vida, ¿hubiese sabido utilizarlos mejor?

J.

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