Lucidez

“Al final todo se reduce a esos momentos de lucidez”.  Lo soltaste así. A modo de clase magistral de la vida, con ojos sabios y la sonrisa más bonita del mundo.  “Ya sabes, esos momentos en los que ves las cosas desde arriba, en las que cobran sentido. Puede que ocurra cuando ves a alguien ayudando a cruzar la calle a un anciano, el día que te miras al espejo y no te reconoces, o si consumes alguna sustancia no muy recomendable”. Intenté eliminar de mi mente esta última parte, por su poca eficiencia didáctica, pero no tuve suerte.

Otorgaste al mundo una de tus frases lapidarias, y me dejaste cuál cabra montesa, rumiando una, dos, n veces tus dogmas. Es la forma lenta de torturarme. Desde entonces miro todo dos veces, por si a alguien se le ocurre venir a iluminarme y yo estoy con la cabeza en otro sitio. Pero los ancianos cruzan solos, y en mitad de la calle no vi más que a un perro ocupado en sus necesidades más primarias. El espejo sigue devolviendo las mismas ojeras y en cuanto a sustancias curiosas, aún estoy esperando a que el café de por la mañana haga su trabajo.

¿Acaba esto con tu impecable teoría? A lo mejor tú vives de momentos y yo de continuidad. O quizás he ido a buscar lo que aparecerá solo. Esto es lo que nos pasa por hablar más de ideas que de hechos. Que acabamos pensando demasiado.

Caballo sin nombre.

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