Las miradas que se besan

Antes, mucho antes, yo pensaba que conocía la fórmula del amor.
Era simple, metodológica, y únicamente estaba formada por palabras susurradas al oído durante una hermosa velada, gestos de ternura al amanecer o
excitantes caricias en la intimidad de los amantes.

Eso, como ya he dicho, era antes.
Luego me lo encontré por casualidad. No era el mejor, pero sí el único que llenaba mis pensamientos, el único que fue capaz de arrasar los firmes pilares en los que construí mi perfecta ecuación.
Pero yo, que era alquimista de deseos y sueños, me propuse encontrar el error a mi fórmula, y la solución fue sumamente sencilla: a todas las palabras, gestos y caricias les faltaba esa maravillosa promesa de pasión encerrada en la profundidad de sus ojos.

Mi fórmula del amor ya estaba lista, sólo necesitaba acercarme a él… y decidí robarle un beso.
Eso era lo que siempre había deseado, y encontrar el momento oportuno no sería demasiado difícil.
Pero cuando me crucé con él en el pasillo no fui capaz de hacerlo. En lugar de eso, seguí andando.
Un paso… dos pasos… y me dí la vuelta, sólo por el gusto de ver su espalda y su pelo alejarse de mí.
Y cuál fue mi sorpresa, cuando fueron sus ojos castaños, mágicos y sugerentes, clavados en los míos, lo que hallé frente a mí.
Me di cuenta entonces de la perfecta imperfección de la fórmula del amor: yo había nacido para robarle un beso, pero fui tan descuidada que dejé que él me robara el corazón.

Por: Whatsername

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