1812 (3er premio del IIº Concurso de Relatos AWA-KW)

Fui a visitarla varias veces a la residencia de ancianos donde acabaría sus días postrada en una silla de ruedas. En una de esas ocasiones me relató algo que le había pasado muchos años antes:

“Percibí otra vez ese aroma. Kouros, efebo griego. Decidí que se convertiría en mi siguiente pieza de caza”- empezó a recordar con ilusión en el rostro.

“Entiéndelo” -continuó- “Yo era rica, inmensamente rica”-dijo agitando una mano como si lo que acabara de decir fuera algo ordinario “y mi vida era terriblemente aburrida. Sólo tenía tres aficiones: la música, los perfumes masculinos y el sexo. Así que cuando ese día, saliendo del obrador con un paquete de pasteles en la mano, pasó por mi lado, lo pensé poco menos que un segundo y me decidí a seguirle. No era el método habitual ni el día programado pero no pude resistir la tentación del reto. Yo, como siempre, llevaba mi pelo rubio recogido y mis zapatos de tacón alto pero, en vez del traje negro que utilizaba para esas aventuras, iba enfundada en un sastre gris que realzaba mi esbelta figura. Me calé las gafas de sol y convine conmigo misma seguirle allá donde fuera. En el primer semáforo que paró, cerca de Gran Vía, me quedé algo rezagada para evitar que me viese. Ya tenía bastante experiencia en acechar presas así que no me fue difícil difuminarme entre la muchedumbre. En la siguiente manzana atisbé una papelera y tiré los pasteles, pues no los iba a necesitar para lo que me deparaba el destino.

Mientras le seguía rememoré cómo y cuándo había empezado mi juego. Para una adicta, como sería yo considerada si hubiera sabido alguien mis inclinaciones,  era relativamente sencillo encontrar sexo casual una noche en cualquier club; para una mujer de mis características era extremadamente fácil, irrisorio. Me di cuenta de que no me suponía ningún esfuerzo y, como consecuencia, no me proporcionaba placer alguno.

Yo buscaba algo más excitante, un reto, una aventura que volviese a hacer que El Mesías sonase en mi cabeza. Por eso uní dos de mis obsesiones, el perfume y el sexo, y me autoimpuse la disciplina de  acostarme sólo con hombres que usaran una determinada fragancia. Mi tercera afición se concretó de la siguiente forma: como prefería no conocer sus nombres les denominaba en mis listas según la música que hubiera tocado la orquesta de mi clítoris al llegar al orgasmo: así, algunos eran arias de Verdi, otros suites de Mozart, oberturas de Wagner… Hubo uno tan torpe con las manos  e inexperto con el pene, Gnossienne de Satie,  que si no hubiera sido por el perfume  habría sido bautizado como el Requiem de Brahms.

Durante mucho tiempo fue fiel a “hombres Farenheit” . Fue mi primer perfume, una escala perfecta de hojas de violeta, el pachuli y la bergamota. Tras dos años lo abandoné al darme cuenta de que lo llevaba mi vecino de enfrente, un tipo de lo más vulgar al que no tenía ninguna gana de follarme. Decepcionada de que Dior vendiera perfumes a gente tan ordinaria, decidí cambiar de aroma. Recuerdo la semana siguiente como los días más angustiosos de mi vida; me iba, desde la hora de apertura, a la sección de perfumería de unos grandes almacenes y pasaba todo el día buscando la fragancia perfecto, la armonía del pentagrama hecha colonia. La búsqueda sin resultado se convirtió en una obsesión que no me dejaba dormir ni comer. El jueves aún no lo había encontrado y sentía que el tiempo iba en mi contra. Mis ojeras llegaban hasta los pómulos, las tripas me rugían y estaba a punto de desquiciarme cuando cogí el frasco de  Kouros. El envase en sí no era muy atractivo pero cuando lo abrí mis neuronas volvieron a tararear El Mesías. Sí, era perfecto, una escala musical de laurel, artemisa y salvia con ligeros toques de canela. Era el olor más viril que había percibido en mi vida, olía a “macho en libertad”, a cópula en estado puro, a embestidas salvajes de dios griego. A partir de entonces me dediqué a buscar hombres Kouros. El modus operandi seguía siendo igual que anteriormente: dos veces en semana me ponía mi elegante sastre negro y me acercaba, entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde a algún barrio céntrico, a zonas de negocios donde se congregase gran cantidad de hombres. ¿Tipo de hombres? Cualquiera que usara Kouros con tres excepciones: lisiados, ancianos y menores.  Siempre seguí el mismo método: cuando su aroma hacía saltar El Mesías en mi cabeza, les seguía y les abordaba con alguna estupidez. Estuve con solteros, casados, viudos, nacionales, extranjeros.., no sabes la cantidad hombre que existen dispuestos a tener sexo a la hora del desayuno, el aperitivo o la siesta. Normalmente yo prefería ir a un hotel; así después del acto podía quedarme horas en esas sábanas inspirando su perfume hasta que mis alveolos estuvieran llenos y mi pituitaria inflamada.

Por eso en aquella ocasión fue distinto: no estaba preparado porque no era el día, fue la única vez que me salté mis propias reglas pero no pude obviarlo. Era moreno, alto, de hombros cargados y grandes manos. Recortado frente a la torre de Madrid parecía una postal. En el siguiente semáforo que nos cerró el paso le observé de abajo arriba: abrigo azul marino de buen paño y mejor hechura, la clásica bufanda de tartán y asomando por ella la nuca más hermosa que hubiesen visto mis ojos. Pequeños rizos negros le caían sobre una cerviz ligeramente curva, perfecta, esbelta. Mi vagina empezó a humedecerse con los primeros acordes de la “Obertura de 1812” y supe que ya era suya. Aceleré el paso varias veces pensando que le perdía; el Hombre 1812 andaba a grandes zancadas y a mí me costaba seguirle y, al mismo tiempo, mantenerme a una distancia prudencial de él. Además, y dada su tendencia cuasi suicida a atravesar calles con el semáforo en rojo, me vi esquivando coches, siendo insultada por los taxistas de media ciudad y salvándome por los pelos de ser atropellada por un autobús. Pero nada de ello me disuadió, ningún riesgo me haría cejar en mi empeño aunque me fuera la vida en ello; como un caballo en una carrera, como un naúfrago que intenta alcanzar la orilla sólo tenía una meta y la mía era no perder al Hombre 1812.

Enfilamos Serrano  y la persecución se hizo más complicada por la cantidad de gente que hacía las últimas compras para Navidad; familias con niños, parejas y hasta solitarios disimulando su condición entre la multitud llenaban las aceras. El Hombre 1812 no parecía interesado en la vida mundana; en tres manzanas sólo se paró ante una librería.

Veinte minutos más tarde los zapatos empezaron a rozarme los talones, especialmente el derecho, pero ni la ampolla más grande habría conseguido que dejara de seguirle. Su porte, su nuca y su olor habrían conseguido que le siguiera al fin del mundo subida en mis tacones. Era su sierva en la calle y sería su esclava en la cama.

Continué siguiéndole por toda la calle mientras mi talón derecho empezaba a sangrar, lo que interpreté como una señal de sacrificio y mi abnegación hacia él, y cuando llegamos a la esquina con Maldonado le perdí de vista. Tras el susto inicial me di cuenta de que había entrado en la iglesia de los jesuitas. Desde luego era un sitio algo irreverente para mi propósito pero tras dejar pasar tres minutos le seguí al interior del templo. Cuando entré me encontré sola frente a un Cristo crucificado. Me senté en un banco a esperar mientras simulaba que rezaba. Pocos minutos después vi el rostro de la nuca que había perseguido: frente despejada, francos ojos azules, nariz griega y una amplia boca. Más abajo se erguía amenazante un alzacuellos.”

¿Y qué pasó?-le pregunté yo al ver que se había detenido

“Lo que pasó se encuentra bajo secreto de confesión”- me contestó ella con una enigmática media sonrisa.

por: Baldr

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One thought on “1812 (3er premio del IIº Concurso de Relatos AWA-KW)

  1. De los tres ganadores de este año, este relato es el que más me ha gustado estilísticamente; me parece que tiene una impecable presentación y desarrollo y sin embargo… no sabría explicarlo, pero no me convence el final. La cosa es que está bien, tiene su sorpresa, su giro, digamos, pero de alguna forma le falta fuerza… no sé, puede que sea por ser demasiado abrupto, frente a lo metódico del principio, pero como que me ha dejado un poco frío.
    De todas formas el balance del relato es muy positivo 🙂

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